El descubrimiento de la Cripta Real en el Templo de las Inscripciones causó sensación en el mundo por varios motivos que Ruz deja en claro: “singular ubicación debajo de la pirámide, comunicación con el templo, notables dimensiones, solidez y perfecto acabado de la construcción, extraordinarios relieves de estuco, colosal sepulcro cubierto de relieves simbólicos y cronológicos de magnífica factura y enorme importancia, entierro de un personaje de alto rango con todas sus joyas”.(1)
Ruz agrega que “este hallazgo venía a demostrar que la pirámide americana no era forzosa y exclusivamente un basamento macizo para sostener al templo, como se consideraba hasta entonces, en oposición a la pirámide egipcia. Revelaba también una semejanza de actitud psicológica hacia la muerte, entre el faraón y el “halach-uinic”(2) palencano, y un paralelismo cultural ya que la construcción de tales monumentos implicaba tanto para los egipcios como para los mayas un fantástico derroche de esfuerzos colectivos para beneficio de un ser privilegiado”. (3)
Ruz termina por concluir que tanto para los egipcios como para los mayas la construcción de obras monumentales suponía, a su vez, una estructura económica desarrollada, un cuerpo social diferenciado y jerarquizado, un poder político centralizado en una teocracia que regía en forma absoluta lo temporal y lo espiritual. Significaba también un serio adelanto en la técnica de la construcción, en las artes, particularmente la escultura, y en las ciencias astronómicas y matemáticas.
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[1] Ruz Lhuillier, Alberto, La civilización de los antiguos mayas, p. 92.
[2] Ver glosario.
[3] Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 92.
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viernes, 1 de mayo de 2009
INFORME RUZ. Cuarta parte: Un Rey Maya llega del pasado
“A pocos centímetros —evoca Ruz— brotó a mi vista una calavera humana cubierta de piezas de jade”. La tapa del monolito tenía unos orificios que permitieron hacer pasar unas cuerdas para retirar la losa en una maniobra parecida a la que realizaron los sacerdotes para colocarla.
En el lecho apareció, rodeado de un vivo color bermellón, un distinguido soberano maya con su impresionante contenido. El esqueleto yacía en forma normal, con brazos y piernas extendidos, cara hacia arriba y los pies ligeramente abiertos (Fig. 31). El estado de los huesos era sumamente frágil debido a la humedad, pero ocupaban su lugar normal. Ruz llegó a determinar, con base en los estudios antropométricos de Romano y Dávalos, que se trataba de un hombre de 40 a 50 años, de alta estatura para el común de los mayas (el esqueleto mide 1.73 m), robusto y bien proporcionado, sin lesiones patológicas aparentes (Fig. 32). El estado de destrucción en que se encontró el cráneo impidió que se pudiera precisar si estuvo o no deformado artificialmente como era costumbre entre los mayas de la nobleza y el sacerdocio; por otra parte, no presentaba las mutilaciones dentarias que también eran usuales entre los señores.
Ruz señala un hecho singular que tiene que ver con una diva del cine mexicano, para afirmar que Pakal pertenecía a la clase noble, a los almenhenob, “los que tienen padres y madres”. Ruz refiere un detalle osteológico que puede esgrimirse para confirmar esta aseveración: “el individuo de alta estatura y robusta complexión tenía manos muy delgadas, delicadas, casi podríamos decir femeninas, puesto que los anillos de jade que se hallaron en las falanges de sus dedos, se ajustaban perfectamente al tamaño de las manos de una mujer de físico tan delicado como es la actriz mexicana Dolores del Río, que en una oportunidad se los probó”.(1)
Sobre el fondo rojo del ataúd, el verde brillante del jade resaltaba. Pakal había sido enterrado con todas sus joyas, un total de 978 cuentas: ¡un verdadero tesoro!; en la boca llevaba una hermosa cuenta como moneda para adquirir alimentos en el otro mundo. Sobre la frente tenía una diadema hecha con pequeños discos de la que probablemente colgaba una plaquita tallada en forma del dios murciélago; pequeños tubos servían para dividir la cabellera en mechones separados. En ambos lados de la cabeza yacían orejeras compuestas de varias piezas.
Al momento de ser enterrado Pakal le fue colocada una máscara formada por un mosaico de jade de más de 200 piezas (Fig. 33). Afirma Ruz que es probable que durante el entierro, la máscara se deshiciera por frágil, ya que los fragmentos estaban adheridos a una ligera capa de estuco aplicada sobre la cara. Se encontraron algunos fragmentos pegados a la cara y el resto casi todo formado al lado izquierdo de la cabeza. Con las fotografías y los dibujos que se hicieron durante la exploración, se pudo reconstruir la máscara que debe reproducir más o menos fielmente los rasgos del personaje. Hoy día esta maravillosa pieza está en la Sala Maya del Museo Nacional de Antropología e Historia (Fig. 34). Los huesos largos de Pakal no han sido movidos de su lugar.
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(1) Ibid., p. 218.
Fotografía: Notimex/Milenio/Cultura: Ciudad de México /
INFORME RUZ. TERCERA PARTE
sobre el "sarcófago" de Pakal que mide 3.80 x 2.20 m y que está esculpida
en sus lados (30 cm de espesor) y en su cara superior.
“Al entrar en la cripta —recuerda Ruz Lhuillier— encontramos en el suelo, debajo de un colosal monumento, varias vasijas de barro depositadas como ofrenda y dos hermosas cabezas de estuco que proceden probablemente de esculturas completas que adornaban algún templo (Fig. 23). El haber sido arrancadas de los cuerpos y dejadas como ofrenda en la cripta significa quizá la simulación de un sacrificio humano por decapitación que parece haber existido entre los mayas en asociación con el culto agrícola del maíz”. (1)
Estas cabezas que Ruz encontró se cuentan entre las mejores obras en estuco que debemos a los artistas palencanos. Están ejecutadas con fiel realismo, perfección técnica y delicada sensibilidad. “Es obvio —comenta— que el artista no sólo pensó en reproducir lo más exactamente posible los rasgos de un sacerdote determinado, sino que quiso expresar también la austeridad, la fuerza interior, el espíritu de la casta sacerdotal. Con el trazo seguro y fluido de los contornos se lograron los retratos de esos mancebos, símbolos artísticos de dimensiones universales”. (2)
Lo más sorprendente de la cripta es indudablemente el enorme monumento que ocupa la mayor parte de su espacio. Es una lápida monumental colocada horizontalmente que mide 3.80 m por 2.20 m y que está esculpida en sus lados (30 cm de espesor) y en su cara superior (Fig. 26). La lápida estaba posada sobre un bloque monolítico de siete metros cúbicos, cuyos lados también están esculpidos. Finalmente, el conjunto está sostenido por seis gruesos soportes de piedra, cuatro de los cuales tienen inscripciones. El peso aproximado de este monumento es de unas 20 toneladas (fig. 17 b).
Nuestra primera impresión —dice Ruz— fue que podía tratarse de un altar ceremonial, conservado en ese lugar secreto, lejos de la mirada del público, por alguna razón del culto...
Al expresar esta reserva, tenía en cuenta que para ser un altar era preciso que el monolito que sostenía a la lápida fuese macizo y que su función fuese la de un simple basamento; pero existía la posibilidad de que estuviese hueco, en cuyo caso el monumento no sería un altar. Levantar la lápida, que pesa como unas cinco toneladas y que por sus magníficos bajorrelieves constituye una de las obras maestras del arte maya, ofrecía ciertas dificultades y peligros. La principal dificultad era la del espacio para el uso de maquinaria y la imposibilidad de llevar tal maquinaria hasta la cripta; el mayor peligro era dañar la lápida. Quise entonces cerciorarme primero, sin alzar la lápida, de si el bloque era o no macizo. Para eso hice taladrar el bloque en sitios no esculpidos, horizontalmente y en dirección al centro de la piedra. El primer sondeo no dio resultado porque el trabajador fue inclinando imperceptiblemente su taladro, y llegó hasta el centro sin encontrar más que la piedra. En otro sondeo, la barreta llegó a un hueco, y un alambre que introdujimos por el agujero, mostraba, al ser retirado, huellas de pintura roja adherida. (3)
Después del instante en que Ruz descubrió la cripta, éste en que comprobó que el supuesto basamento del hipotético altar tenía una cavidad, fue otro instante de enorme emoción y alegría para él y sus colaboradores. Podría tratarse de una gigantesca caja de ofrenda, pero el tamaño y la forma del monumento, así como la presencia de pintura roja, anunciaban otra cosa.
El polvo color rojo con el que los antiguos cubrían a sus muertos, derivado que se extrae del cinabrio,(4) está asociado en la cosmogonía maya con el Este. Aparece casi siempre en las tumbas, sobre los muros, en los objetos de la ofrenda funeraria o sobre los restos humanos. Para los mayas el Este es la región en donde cada día vuelve a nacer el sol después de su muerte diaria en el Oeste; el Este es en consecuencia lugar de resurrección, y el rojo que lo simboliza ponía en las tumbas un presagio de inmortalidad.
Ruz resolvió levantar la gran losa labrada. Por medio de gatos de camión colocados debajo de las esquinas de la lápida, sobre troncos de árbol, se inició el levantamiento. La introducción de los troncos en la cripta, su debida colocación y la delicada maniobra de alzar la lápida duraron 24 horas consecutivas: de las seis de la mañana del 27 de noviembre de 1952 hasta la misma hora del día 28 (Fig. 27).
En cuanto la lápida empezó a ascender, Ruz pudo apreciar que había debajo una extraña cavidad. Ésta era de forma oblonga y curvilínea, con salientes circulares laterales en uno de sus extremos, recordando la figura de un pez (Fig. 28). Una losa muy pulida la sellaba, exactamente adaptada a su forma; dicha losa tenía cuatro perforaciones que cerraban tapones de piedra. “Desde que hubo suficiente espacio —cuenta— me deslicé debajo de la lápida, levanté uno de los tapones, proyectando por otro la luz de una linterna eléctrica. A pocos centímetros brotó a mi vista una calavera humana cubierta de piezas de jade”... (Fig. 29).
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, “Palenque y su tumba real”, La civilización de los antiguos mayas, p. 86-87.
(2) op. cit., p. 87.
(3) Loc. cit.
(4) Ver glosario.
Estas cabezas que Ruz encontró se cuentan entre las mejores obras en estuco que debemos a los artistas palencanos. Están ejecutadas con fiel realismo, perfección técnica y delicada sensibilidad. “Es obvio —comenta— que el artista no sólo pensó en reproducir lo más exactamente posible los rasgos de un sacerdote determinado, sino que quiso expresar también la austeridad, la fuerza interior, el espíritu de la casta sacerdotal. Con el trazo seguro y fluido de los contornos se lograron los retratos de esos mancebos, símbolos artísticos de dimensiones universales”. (2)
Lo más sorprendente de la cripta es indudablemente el enorme monumento que ocupa la mayor parte de su espacio. Es una lápida monumental colocada horizontalmente que mide 3.80 m por 2.20 m y que está esculpida en sus lados (30 cm de espesor) y en su cara superior (Fig. 26). La lápida estaba posada sobre un bloque monolítico de siete metros cúbicos, cuyos lados también están esculpidos. Finalmente, el conjunto está sostenido por seis gruesos soportes de piedra, cuatro de los cuales tienen inscripciones. El peso aproximado de este monumento es de unas 20 toneladas (fig. 17 b).
Nuestra primera impresión —dice Ruz— fue que podía tratarse de un altar ceremonial, conservado en ese lugar secreto, lejos de la mirada del público, por alguna razón del culto...
Al expresar esta reserva, tenía en cuenta que para ser un altar era preciso que el monolito que sostenía a la lápida fuese macizo y que su función fuese la de un simple basamento; pero existía la posibilidad de que estuviese hueco, en cuyo caso el monumento no sería un altar. Levantar la lápida, que pesa como unas cinco toneladas y que por sus magníficos bajorrelieves constituye una de las obras maestras del arte maya, ofrecía ciertas dificultades y peligros. La principal dificultad era la del espacio para el uso de maquinaria y la imposibilidad de llevar tal maquinaria hasta la cripta; el mayor peligro era dañar la lápida. Quise entonces cerciorarme primero, sin alzar la lápida, de si el bloque era o no macizo. Para eso hice taladrar el bloque en sitios no esculpidos, horizontalmente y en dirección al centro de la piedra. El primer sondeo no dio resultado porque el trabajador fue inclinando imperceptiblemente su taladro, y llegó hasta el centro sin encontrar más que la piedra. En otro sondeo, la barreta llegó a un hueco, y un alambre que introdujimos por el agujero, mostraba, al ser retirado, huellas de pintura roja adherida. (3)
Después del instante en que Ruz descubrió la cripta, éste en que comprobó que el supuesto basamento del hipotético altar tenía una cavidad, fue otro instante de enorme emoción y alegría para él y sus colaboradores. Podría tratarse de una gigantesca caja de ofrenda, pero el tamaño y la forma del monumento, así como la presencia de pintura roja, anunciaban otra cosa.
El polvo color rojo con el que los antiguos cubrían a sus muertos, derivado que se extrae del cinabrio,(4) está asociado en la cosmogonía maya con el Este. Aparece casi siempre en las tumbas, sobre los muros, en los objetos de la ofrenda funeraria o sobre los restos humanos. Para los mayas el Este es la región en donde cada día vuelve a nacer el sol después de su muerte diaria en el Oeste; el Este es en consecuencia lugar de resurrección, y el rojo que lo simboliza ponía en las tumbas un presagio de inmortalidad.
Ruz resolvió levantar la gran losa labrada. Por medio de gatos de camión colocados debajo de las esquinas de la lápida, sobre troncos de árbol, se inició el levantamiento. La introducción de los troncos en la cripta, su debida colocación y la delicada maniobra de alzar la lápida duraron 24 horas consecutivas: de las seis de la mañana del 27 de noviembre de 1952 hasta la misma hora del día 28 (Fig. 27).
En cuanto la lápida empezó a ascender, Ruz pudo apreciar que había debajo una extraña cavidad. Ésta era de forma oblonga y curvilínea, con salientes circulares laterales en uno de sus extremos, recordando la figura de un pez (Fig. 28). Una losa muy pulida la sellaba, exactamente adaptada a su forma; dicha losa tenía cuatro perforaciones que cerraban tapones de piedra. “Desde que hubo suficiente espacio —cuenta— me deslicé debajo de la lápida, levanté uno de los tapones, proyectando por otro la luz de una linterna eléctrica. A pocos centímetros brotó a mi vista una calavera humana cubierta de piezas de jade”... (Fig. 29).
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, “Palenque y su tumba real”, La civilización de los antiguos mayas, p. 86-87.
(2) op. cit., p. 87.
(3) Loc. cit.
(4) Ver glosario.
sábado, 28 de marzo de 2009
INFORME RUZ. SEGUNDA PARTE

En la foto superior podemos ver la lápida que era el último obstáculo para entrar a la tumba de Pacal, justo en el núcleo de la pirámide del Templo de las Inscripciones. Abajo está una obra maestra que sigue siendo objeto de estudios e interpretaciones. Mide más de cuatro metros de largo por poco más de dos de ancho y treinta centrimetros de espesor. Por ello se sabe que antes de construirse la pirámide se edificó el sepulcro de Pacal. (Fotos de JCRangel)
Aquél 15 de junio de 1952, tres años después de haber dado inicio los trabajos, Ruz Lhuillier y su equipo se concentraron desde muy temprana hora en el entrañas de la pirámide. Las extenuantes jornadas para vaciar la escalera habían quedado atrás. Faltaba, sin embargo, sortear el último obstáculo hacia el secreto que aún guardaba el Templo de las Inscripciones: una gran losa, sellada más de mil años atrás, que cerraba una entrada.
Ruz observó detenidamente que la losa triangular dejaba en su esquina inferior izquierda un pequeño espacio, también triangular, en vista de que su base quedó más pequeña que la abertura para la cual se hizo. Este pequeño espacio estaba relleno con piedras y cal (Fig. 12). Dio instrucciones al jefe de la cuadrilla para que intentara penetrarlo con una barreta. La barreta se hundió, y un aire frío salió hacia el exterior. Los arqueólogos, que habían contenido la respiración, exhalaron profundamente al ver el resultado. Ruz también había observado que la lápida tenía dos muescas a los lados, que permitieron la entrada y salida de una soga para hacerla girar. Los peones empezaron a tirar auxiliándose de barretas.
La expectación crecía. Ruz Lhuillier cuidaba hasta el último milímetro de cada movimiento. Daba órdenes de tirar con firmeza, pero con cuidado. No quería que la losa fuera a hacerse añicos por la presión ejercida sobre ella. La luz de las lámparas iba introduciéndose hacia el interior conforme se despegaba la losa. Todos, arqueólogos y ayudantes, sudaban copiosamente y trataban de controlar el estado de excitación y nerviosismo en que se hallaban. Serían los primeros en traspasar hacia un espacio sagrado que había sido cerrado siglos antes por otros hombres. Los peones tiraban y la piedra iba girando, hasta que se hizo una abertura por la que pudo introducirse Alberto Ruz Lhuillier:
El instante en que pasé el umbral —escribe— fue naturalmente de una emoción indescriptible. Me encontraba en una espaciosa cripta que parecía tallada en el hielo porque sus muros estaban cubiertos de una brillante capa calcárea y numerosas estalactitas colgaban de la bóveda como cortinas, mientras que gruesas estalagmitas evocaban enormes cirios. Estas formaciones calcáreas se debían a la filtración del agua de las lluvias a través de la pirámide durante más de mil años (Fig. 17). La cripta mide cerca de nueve metros de largo por cuatro de ancho, y su bóveda se alza hasta cerca de siete metros de altura, reforzada por enormes vigas de piedra pulida con vetas amarillas, que parecen de madera. La cámara se construyó en forma tan perfecta que los siglos no afectaron en lo más mínimo su estabilidad, a pesar de que también sostiene el peso de la pirámide y del templo. Las piedras de los muros y de la bóveda fueron talladas y ajustadas con el mayor cuidado, por lo que ninguna se ha movido de su sitio original.(1)
La barrera del tiempo había sido derribada y otro hombre de otra época y de otra civilización, daba a conocer al mundo entero la existencia de una cripta funeraria en América, a la manera de los faraones egipcios. El reposo eterno que los palencanos desearon para su Señor Pakal, había sido interrumpido...
1) Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 86.
Ruz observó detenidamente que la losa triangular dejaba en su esquina inferior izquierda un pequeño espacio, también triangular, en vista de que su base quedó más pequeña que la abertura para la cual se hizo. Este pequeño espacio estaba relleno con piedras y cal (Fig. 12). Dio instrucciones al jefe de la cuadrilla para que intentara penetrarlo con una barreta. La barreta se hundió, y un aire frío salió hacia el exterior. Los arqueólogos, que habían contenido la respiración, exhalaron profundamente al ver el resultado. Ruz también había observado que la lápida tenía dos muescas a los lados, que permitieron la entrada y salida de una soga para hacerla girar. Los peones empezaron a tirar auxiliándose de barretas.
La expectación crecía. Ruz Lhuillier cuidaba hasta el último milímetro de cada movimiento. Daba órdenes de tirar con firmeza, pero con cuidado. No quería que la losa fuera a hacerse añicos por la presión ejercida sobre ella. La luz de las lámparas iba introduciéndose hacia el interior conforme se despegaba la losa. Todos, arqueólogos y ayudantes, sudaban copiosamente y trataban de controlar el estado de excitación y nerviosismo en que se hallaban. Serían los primeros en traspasar hacia un espacio sagrado que había sido cerrado siglos antes por otros hombres. Los peones tiraban y la piedra iba girando, hasta que se hizo una abertura por la que pudo introducirse Alberto Ruz Lhuillier:
El instante en que pasé el umbral —escribe— fue naturalmente de una emoción indescriptible. Me encontraba en una espaciosa cripta que parecía tallada en el hielo porque sus muros estaban cubiertos de una brillante capa calcárea y numerosas estalactitas colgaban de la bóveda como cortinas, mientras que gruesas estalagmitas evocaban enormes cirios. Estas formaciones calcáreas se debían a la filtración del agua de las lluvias a través de la pirámide durante más de mil años (Fig. 17). La cripta mide cerca de nueve metros de largo por cuatro de ancho, y su bóveda se alza hasta cerca de siete metros de altura, reforzada por enormes vigas de piedra pulida con vetas amarillas, que parecen de madera. La cámara se construyó en forma tan perfecta que los siglos no afectaron en lo más mínimo su estabilidad, a pesar de que también sostiene el peso de la pirámide y del templo. Las piedras de los muros y de la bóveda fueron talladas y ajustadas con el mayor cuidado, por lo que ninguna se ha movido de su sitio original.(1)
La barrera del tiempo había sido derribada y otro hombre de otra época y de otra civilización, daba a conocer al mundo entero la existencia de una cripta funeraria en América, a la manera de los faraones egipcios. El reposo eterno que los palencanos desearon para su Señor Pakal, había sido interrumpido...
1) Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 86.
domingo, 31 de agosto de 2008
INFORME RUZ. PRIMERA PARTE

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, 12 de abril de 1994.
De: Moisés Morales y Juan Carlos Rangel,
Para: Arnoldo González
En la Introducción de su informe Ruz Lhuillier señala que “desde 1949 hasta 1958... estuvo comisionado por la Dirección de Monumentos Prehispánicos del INAH para dirigir los trabajos arqueológicos en Palenque”.(1) Durante esa década realizó once temporadas de exploraciones con la valiosa colaboración de una treintena de arqueólogos, antropólogos físicos, artistas y estudiantes de la Escuela de Antropología e Historia y de la Escuela Nacional de Arquitectura.
A mediados de abril de 1949, Ruz Lhuillier decidió explorar personalmente la pirámide y el Templo de las Inscripciones o de las “Leyes”, uno de los edificios más imponentes de Palenque por sus dimensiones y por su ubicación. Se destaca en forma espectacular sobre el fondo de la selva, incrustado en un cerro, con los ocho cuerpos escalonados de su pirámide y su estrecha escalinata de 60 peldaños, en tres tramos, que conduce a la plataforma superior, a más de veinte metros sobre el nivel de la plaza.
Debe su nombre a la existencia de grandes tableros esculpidos que contienen una de las más largas inscripciones jeroglíficas de los mayas (620 jeroglíficos repartidos en tres tableros) en la que se descifraron numerosas fechas durante un período de doscientos años. La voz popular transformó en "Leyes" el contenido de esa inscripción.
La clave está en la observación
Luego de ordenar la limpieza escrupulosa del piso del templo, Ruz observó que a diferencia de los demás templos de Palenque, cuyo piso era un aplanado, el cuarto central tenía un piso de bloques rectangulares de piedra caliza, uno de los cuales tenía una docena de orificios con tapones de piedra. Se fijó también que la lápida perforada no marcaba el final inferior de los muros, sino que continuaban más abajo de la losa.
Ya el arqueólogo danés Franz Blom, quien recibió el primer encargo oficial del Gobierno mexicano para levantar un estudio sobre Palenque, de diciembre de 1922 a marzo de 1923, había visto dicha losa:
Templo de las Inscripciones —escribe— ha sido descrito repetidas veces en gran detalle... En sus paredes hay tres grandes tableros conteniendo filas de jeroglíficos. Durante la visita de un inspector del Gobierno Mexicano, estos tableros fueron limpiados con un ácido, con el resultado fatal de que las inscripciones se están ahora descascarando. En el cuarto posterior de este templo, el piso está hecho de grandes lápidas, de las cuales una tiene dos filas de agujeros perforados que solían tapar con tapones. No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros. (2)
“No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros”, dice Blom, y esa falta de imaginación y de curiosidad le impidió haber ganado para sí la gloria de uno de los descubrimientos arqueológicos de mayor trascendencia en este siglo. Cierto, Blom estuvo tres meses en Palenque y sólo tuvo tiempo de reconocer algunos conjuntos de edificios que se encontraban bajo la vegetación. Lo increíble es que ni siquiera haya hecho el intento de escarbar en los orificios. Ni modo.
Ruz ordenó remover la pesada losa. Luego hizo que se excavara el aplanado de tierra, y a poca profundidad los peones se toparon con una piedra que servía de cierre a una bóveda, y más abajo con un peldaño, luego otro, y otros más: “habíamos descubierto —exclama Ruz emocionado— una escalera interior cuya tapa era precisamente la lápida perforada que parte del piso”. (3)
Una escalera al Inframundo
¡Había encontrado una escalera con sus muros y bóveda perfectamente conservados!, pero totalmente rellena con toneladas de gruesas piedras y tierra, cuya obstrucción había sido hecha de manera deliberada. Nunca antes en la arqueología de este continente alguien se había encontrado con una construcción parecida. La única comparación que podía establecerse era ciertamente con las pirámides-tumbas del antiguo Egipto. Durante dos años, en cuatro temporadas a razón de dos meses y medio cada una, se llevó a acabo la lenta y difícil tarea para vaciarla.
La escalera baja un primer tramo de cuarenta y cinco escalones para llegar a un descanso. “A ese nivel —explica Ruz— da una primera vuelta en ángulo recto, y a pocos metros después forma otro ángulo recto, al que sigue un segundo tramo de dieciocho escalones que conduce a un corredor cuyo nivel es más o menos el de la plaza, es decir, unos veintidós metros debajo del piso del templo”. (4)
Eric Thompson tuvo la fortuna de descender por aquella escalera con el propio Ruz como guía, antes de que se descubriera la cámara fúnebre. Dice Thompson:
...fue una experiencia que no olvidaré nunca. Allí el pasado parecía cobrar actualidad y se necesitaba muy poca imaginación para retrotraer la escena que me rodeaba y ver a los antepasados de los peones mayas que trabajaban con Ruz cerrando, a piedra y lodo, la citada escalera. Únicamente había que sustituir las luces eléctricas por antorchas de pino, los pantalones por los taparrabo nativos y poner un jefe de obras maya con la cabeza deformada artificialmente en lugar de Ruz. (5)
Al término de la escalera Ruz descubrió una importante ofrenda que consistía en una caja de mampostería, empotrada en un muro, con platos de barro, cuentas y orejeras de jade, conchas llenas de pintura roja y una hermosa perla de 13 milímetros de largo. Se quitó el muro y como a dos metros y medio, apareció una segunda pared: “Se suponía —dice Ruz— que inmediatamente detrás encontraríamos por fin lo que había motivado la construcción de la escalera, pero en realidad el muro no era más que el paramento exterior de un macizo de piedras y cal de cerca de cuatro metros de largo cuya demolición resultó ser tarea larga y dolorosa en vista de que la cal todavía fresca por la tremenda humedad que allí reinaba, quemaba las manos de los trabajadores”. (6)
Aparecieron, al final del pasillo, dos gradas que conducían a un pequeño descanso más alto que el piso. Mientras se retiraba el escombro, Ruz observó detenidamente que en el paramento izquierdo del corredor estaba empotrada una enorme losa triangular que cerraba una entrada. Sobre el descanso se encontró con una especie de caja que abarcaba todo lo ancho del corredor y que estaba cerrada por losas separadas entre sí por gruesas capas de cal. Al retirarlas apareció un entierro colectivo: yacían los huesos muy mezclados y destruidos de probablemente seis jóvenes, entre los cuales por lo menos una mujer; el supuesto sacrificio de estos mancebos para acompañar a su Señor hasta el inframundo, costumbre funeraria maya, aumentaba la posibilidad de una tumba...
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 11.
(2) Ibid., p. 31. (subrayado de Ruz Lhuillier)
(3) Ruz Lhuillier, Alberto, La civilización de los antiguos mayas, tercera edición, México, FCE, 1991, p. 81
(4) ídem.
(5) Thompson, J. Eric, Grandeza y decadencia de los mayas, p. 102-103.
(6) Ruz Lhuillier, Alberto, El Templo de las Inscripciones: Palenque, p. 49.
De: Moisés Morales y Juan Carlos Rangel,
Para: Arnoldo González
En la Introducción de su informe Ruz Lhuillier señala que “desde 1949 hasta 1958... estuvo comisionado por la Dirección de Monumentos Prehispánicos del INAH para dirigir los trabajos arqueológicos en Palenque”.(1) Durante esa década realizó once temporadas de exploraciones con la valiosa colaboración de una treintena de arqueólogos, antropólogos físicos, artistas y estudiantes de la Escuela de Antropología e Historia y de la Escuela Nacional de Arquitectura.
A mediados de abril de 1949, Ruz Lhuillier decidió explorar personalmente la pirámide y el Templo de las Inscripciones o de las “Leyes”, uno de los edificios más imponentes de Palenque por sus dimensiones y por su ubicación. Se destaca en forma espectacular sobre el fondo de la selva, incrustado en un cerro, con los ocho cuerpos escalonados de su pirámide y su estrecha escalinata de 60 peldaños, en tres tramos, que conduce a la plataforma superior, a más de veinte metros sobre el nivel de la plaza.
Debe su nombre a la existencia de grandes tableros esculpidos que contienen una de las más largas inscripciones jeroglíficas de los mayas (620 jeroglíficos repartidos en tres tableros) en la que se descifraron numerosas fechas durante un período de doscientos años. La voz popular transformó en "Leyes" el contenido de esa inscripción.
La clave está en la observación
Luego de ordenar la limpieza escrupulosa del piso del templo, Ruz observó que a diferencia de los demás templos de Palenque, cuyo piso era un aplanado, el cuarto central tenía un piso de bloques rectangulares de piedra caliza, uno de los cuales tenía una docena de orificios con tapones de piedra. Se fijó también que la lápida perforada no marcaba el final inferior de los muros, sino que continuaban más abajo de la losa.
Ya el arqueólogo danés Franz Blom, quien recibió el primer encargo oficial del Gobierno mexicano para levantar un estudio sobre Palenque, de diciembre de 1922 a marzo de 1923, había visto dicha losa:
Templo de las Inscripciones —escribe— ha sido descrito repetidas veces en gran detalle... En sus paredes hay tres grandes tableros conteniendo filas de jeroglíficos. Durante la visita de un inspector del Gobierno Mexicano, estos tableros fueron limpiados con un ácido, con el resultado fatal de que las inscripciones se están ahora descascarando. En el cuarto posterior de este templo, el piso está hecho de grandes lápidas, de las cuales una tiene dos filas de agujeros perforados que solían tapar con tapones. No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros. (2)
“No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros”, dice Blom, y esa falta de imaginación y de curiosidad le impidió haber ganado para sí la gloria de uno de los descubrimientos arqueológicos de mayor trascendencia en este siglo. Cierto, Blom estuvo tres meses en Palenque y sólo tuvo tiempo de reconocer algunos conjuntos de edificios que se encontraban bajo la vegetación. Lo increíble es que ni siquiera haya hecho el intento de escarbar en los orificios. Ni modo.
Ruz ordenó remover la pesada losa. Luego hizo que se excavara el aplanado de tierra, y a poca profundidad los peones se toparon con una piedra que servía de cierre a una bóveda, y más abajo con un peldaño, luego otro, y otros más: “habíamos descubierto —exclama Ruz emocionado— una escalera interior cuya tapa era precisamente la lápida perforada que parte del piso”. (3)
Una escalera al Inframundo
¡Había encontrado una escalera con sus muros y bóveda perfectamente conservados!, pero totalmente rellena con toneladas de gruesas piedras y tierra, cuya obstrucción había sido hecha de manera deliberada. Nunca antes en la arqueología de este continente alguien se había encontrado con una construcción parecida. La única comparación que podía establecerse era ciertamente con las pirámides-tumbas del antiguo Egipto. Durante dos años, en cuatro temporadas a razón de dos meses y medio cada una, se llevó a acabo la lenta y difícil tarea para vaciarla.
La escalera baja un primer tramo de cuarenta y cinco escalones para llegar a un descanso. “A ese nivel —explica Ruz— da una primera vuelta en ángulo recto, y a pocos metros después forma otro ángulo recto, al que sigue un segundo tramo de dieciocho escalones que conduce a un corredor cuyo nivel es más o menos el de la plaza, es decir, unos veintidós metros debajo del piso del templo”. (4)
Eric Thompson tuvo la fortuna de descender por aquella escalera con el propio Ruz como guía, antes de que se descubriera la cámara fúnebre. Dice Thompson:
...fue una experiencia que no olvidaré nunca. Allí el pasado parecía cobrar actualidad y se necesitaba muy poca imaginación para retrotraer la escena que me rodeaba y ver a los antepasados de los peones mayas que trabajaban con Ruz cerrando, a piedra y lodo, la citada escalera. Únicamente había que sustituir las luces eléctricas por antorchas de pino, los pantalones por los taparrabo nativos y poner un jefe de obras maya con la cabeza deformada artificialmente en lugar de Ruz. (5)
Al término de la escalera Ruz descubrió una importante ofrenda que consistía en una caja de mampostería, empotrada en un muro, con platos de barro, cuentas y orejeras de jade, conchas llenas de pintura roja y una hermosa perla de 13 milímetros de largo. Se quitó el muro y como a dos metros y medio, apareció una segunda pared: “Se suponía —dice Ruz— que inmediatamente detrás encontraríamos por fin lo que había motivado la construcción de la escalera, pero en realidad el muro no era más que el paramento exterior de un macizo de piedras y cal de cerca de cuatro metros de largo cuya demolición resultó ser tarea larga y dolorosa en vista de que la cal todavía fresca por la tremenda humedad que allí reinaba, quemaba las manos de los trabajadores”. (6)
Aparecieron, al final del pasillo, dos gradas que conducían a un pequeño descanso más alto que el piso. Mientras se retiraba el escombro, Ruz observó detenidamente que en el paramento izquierdo del corredor estaba empotrada una enorme losa triangular que cerraba una entrada. Sobre el descanso se encontró con una especie de caja que abarcaba todo lo ancho del corredor y que estaba cerrada por losas separadas entre sí por gruesas capas de cal. Al retirarlas apareció un entierro colectivo: yacían los huesos muy mezclados y destruidos de probablemente seis jóvenes, entre los cuales por lo menos una mujer; el supuesto sacrificio de estos mancebos para acompañar a su Señor hasta el inframundo, costumbre funeraria maya, aumentaba la posibilidad de una tumba...
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 11.
(2) Ibid., p. 31. (subrayado de Ruz Lhuillier)
(3) Ruz Lhuillier, Alberto, La civilización de los antiguos mayas, tercera edición, México, FCE, 1991, p. 81
(4) ídem.
(5) Thompson, J. Eric, Grandeza y decadencia de los mayas, p. 102-103.
(6) Ruz Lhuillier, Alberto, El Templo de las Inscripciones: Palenque, p. 49.
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