sábado, 28 de marzo de 2009

EL ÚLTIMO GIGANTE DE LOS ESTUDIOS MAYAS: JOHN ERIC SIDNEY THOMPSON


J. Eric Thompson con indios lacandones en Bonampak

El nombre de este arqueólogo inglés estará por siempre ligado a los estudios científicos mayas. Es uno de los más notables mayistas del siglo XX que hizo avanzar el conocimiento y abrió nuevas vetas de estudio para los arqueólogos y estudiosos que vendrían tras él. Los trabajos de arqueología propiamente científicos sobre los mayas, dan inicio con este distinguido investigador que Su Majestad, la Reina Isabel, nombró Sir, en 1959.

Libros como Grandeza y decadencia de los mayas (FCE, 1984) serán siempre modelo de erudición, de imaginación, de destreza literaria y de disciplina, para reconstruir la actividad creadora de un pueblo cuya filosofía y conocimientos forman parte esencial de la cultura humana. Este libro, ya clásico, resume medio siglo dedicado al trabajo arqueológico. Se dice rápido, pero ha sido una tarea colosal. Un hombre que dedicó su vida para abrir nuestro espíritu contemporáneo a un pueblo de la antigüedad que dejó huella profunda de su devenir.

Sir Eric Thompson, escribe unas hermosas y sentidas palabras al dedicar su libro al pueblo de México, que no resisten la tentación de citarse:

México, con sus magníficos paisajes, sus monumentos arqueológicos y coloniales, sus diversos climas y sus distintos idiomas y gentes, ha sido para mí una esposa que jamás me causó hastío; por el contrario, siempre me ha estimulado el interés con nuevas dulzuras. Ya celebradas nuestras bodas de plata, puedo reflexionar, como cualquier marido dichoso (aunque el océano por ahora nos separa), sobre la suerte que me trajo una amante capaz de darme tanta felicidad y tranquila satisfacción. Y, por supuesto, siento su presencia en cada libro, en cada folleto y en cada fotografía mexicanos en mi biblioteca, aquí, en la lejana Inglaterra; así como en la amistad y en el cariño, tan apreciados, de mis colegas de México. ¡Tengo tantos recuerdos de tantas partes de ese país: Yucatán, Campeche, Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz y, desde luego, la Ciudad de México!

Para agradecer estos y mil otros dones me es imposible expresar aquí, con las palabras adecuadas, mi profundo sentimiento. Y por ello, al dedicar este libro al pueblo mexicano, no alcanzó a hacer sino un leve reconocimiento de tantos beneficios.
(1)

El inicio a la vida profesional de Thompson se remonta al año de 1925. Sylvanus G. Morley, otro de los fundadores de la arqueología científica y en ese momento director de un proyecto arqueológico auspiciado por la Institución Carnegie de Washington, recibió la solicitud de un joven londinense recién graduado en antropología, en la Universidad de Cambridge, para trabajar en Chichén Iztá. La solicitud fue aceptada en 1926, y John Eric, a sus 27 años, se incorporó al equipo que, desde hacía dos años, realizaba una extensa investigación arqueológica, etnográfica y botánica.

La experiencia adquirida durante su trabajo, pero sobre todo, la amistad que trabó con Morley, fueron sucesos que lo marcaron para toda su vida. Un año después deja Chichén y bajo el patrocinio de la Carnegie, recorre Belice y visita sitios como Labaatún, que luego de sus estudios ha llegado a reconocérsele la importancia fundamental que tiene para la historia del pueblo maya. Durante otras temporadas trabajó haciendo excavaciones en sitios como San José, en Belice, en Esquipulas, Guatemala, y en Mayapán, Yucatán, por sólo mencionar algunos.

El trabajo multidisciplinario que Thompson desarrolló fue la fórmula que le permitió adquirir una erudición muy vasta. Hizo una amalgama de estudios que iban de la arqueología a la epigrafía, de la antropología a la botánica, de la etnografía a la lingüística, de la astronomía a las matemáticas. Realmente no hubo campo de conocimiento que este gigante de la arqueología moderna, no abordará en relación con la civilización y la cultura maya.

El 9 de septiembre de 1975 falleció J. Eric Thompson en Cambridge, Inglaterra, a la edad de 76 años. Quede por siempre en la memoria de los mexicanos y de los investigadores mayas que dan continuidad a su tarea.

(1) Thompson, J. Eric S., Grandeza y decadencia de los mayas, p. 9-10.

UNA ENTREVISTA FUGAZ CON GEORGE ANDREWS

El doctor George Andrews, uno de los mayores estudiosos 
sobre la arquitectura maya.

Luego de la sabrosa cena que ofreció Jan de Vos, y de la animada charla que sostuvimos los comensales, el doctor Andrews aceptó amablemente una entrevista con condición de que le hiciera sólo cuatro preguntas sobre el tema que el domina: la arquitectura maya. Había hecho un largo viaje durante el día y estaba visiblemente cansado.

George F. Andrews, arquitecto y profesor emérito de arquitectura de la Universidad de Oregon, encabeza desde hace 35 años un programa de reconstrucción y documentación de todos los sitios de las tierras bajas mayas, que le ha permitido la compilación de un banco de datos sobre arquitectura maya, que actualmente rebasa las cinco mil cuartillas de textos. Con grabadora en marcha le hice la primera pregunta:

Doctor Andrews, para centrarnos en lo que es su profesión, me gustaría preguntarle ¿cómo define a la arquitectura?

La arquitectura, por definirla muy generalmente, se ocupa de dar un espacio formal a la actividad organizada de los hombres. El entorno natural debe organizarse de manera que corresponda a las múltiples necesidades humanas e impone dos condiciones necesarias para considerar un espacio arquitectónico: la primera es la conceptualización de ideas de orden y "lugar" adecuadas para separar las actividades humanas del ámbito natural; la segunda es la formulación de medios técnicos que permitan la expresión práctica de los conceptos de espacio postulados para crear un entorno útil y significativo.

Estas “dos condiciones necesarias” de las que usted habla, ¿se cumplen en el caso de la arquitectura maya?

Es evidente que la arquitectura maya cumple ambas condiciones. Todos los edificios mayas, así como las subestructuras, están compuestos por un número de elementos discernibles cuyo ordenamiento al parecer depende de un conjunto de normas explícitas. El modelo constructivo consta de una base, un paramento inferior, otro superior y, a veces, una crestería. Cada uno de estos componentes se articula cuidadosamente a través de unas molduras salidas —en la base, la parte media y las cornisas—, las cuales dividen la fachada en una serie de franjas horizontales (Fig. 15).

Nada es fortuito en tal composición; los detalles son planeados previamente, así como la proporción de cada elemento —sea pared, vano o moldura— y se han ajustado con cuidado para lograr un conjunto armónico. Tales son los elementos de la arquitectura "clásica", con un orden riguroso, diseñada para deleite tanto de la vista como del intelecto.

Doctor, ¿cuáles son, a su modo de ver, las características que distinguen a la arquitectura maya?

La unidad básica de la planeación maya fue el patio rectilíneo, la plaza o la terraza, que colindaban en uno o más lados con los edificios de piedra. Esta forma básica se elaboró a lo largo de un milenio y culmina con la construcción de grandes ciudades como Copán, Tikal, Palenque, Yaxchilán, Becán, Santa Rosa Xtampak, Uxmal y Chichén Itzá (Fig. 2), donde la construcción y planeación alcanzan su esplendor. En estos grandes asentamientos las estructuras y edificios de mampostería en piedra, de todos tipos, se cuentan por cientos; algunos se han reconstruido, de manera que muestren su grandeza original.

Los mayas construyeron gran cantidad de edificios: desde los muy reducidos, de un cuarto sobre plataformas bajas, hasta las estructuras muy grandes y elaboradas, de niveles múltiples, con veintenas de cuartos sobre amplias plataformas, elevadas pirámides escalonadas y pequeños templos, muchas de ellas con cresterías en las paredes frontales, traseras y centrales. Los cuartos son relativamente pequeños en todas las construcciones mayas, cubiertos de arcos y falsos arcos, que recuerdan la forma de una “V” invertida de los techos de paja, que seguramente son su antecedente más remoto.

Por último Doctor Andrews, y por motivos que usted entiende, quiero preguntarle ¿cuál es su opinión sobre la arquitectura palencana?

Es una pregunta que me llevaría tiempo responderle, pero déjeme decirle, concisamente, que Palenque es el sitio más conocido de la región noroccidental de las tierras mayas y su arquitectura es representativa de este estilo. A diferencia de otros donde resaltan la masa y la monumentalidad, éste pone énfasis en la escala humana y se distingue por su escultura, elegantemente ejecutada en estuco y piedra labrada. En Palenque los edificios son más bien pequeños, como en Yaxchilán, y se encuentran situados sobre pirámides de altura media que se apoyan sobre los contrafuertes de los cerros o aprovechan sus descansos naturales o su cumbre. Los arquitectos palencanos eran muy sabios.

En los interiores de los templos hay grandes cuartos con elevadas bóvedas, y santuarios interiores en los cuartos traseros, donde grandes tableros de piedra labrada dan cuenta de las fechas importantes asociadas a los gobernantes representados en ellos. Es también posible que las observaciones astronómicas rigieran la posición de algunos edificios.

Uno de los rasgos distintivos de Palenque son los vanos, excepcionalmente anchos, que hacen de los interiores espacios claros y ventilados; tableros entre las jambas, decorados con figuras humanas de estuco e inscripciones jeroglíficas; paramentos superiores con pronunciada pendiente, parecidos a techos de mansardas cubiertas por esculturas de estuco donde se representan personas, dioses, animales, serpientes y gran variedad de figuras antropomórficas. Otro rasgo son las cresterías de doble muro, con aperturas rectangulares, también cubiertas de esculturas labradas en hueco. Podría seguir, pero de veras estoy cansado y mañana salgo para Tikal. Allá voy a trabajar ahora.

—Doctor Andrews, le agradezco mucho la oportunidad de escuchar sus palabras siempre llenas de sabiduría.

—Ya tendremos oportunidad de una entrevista más amplia. Dígale a Arnoldo que estaré atento a su trabajo y les deseo a todos ustedes buena suerte.

El doctor Andrews y otros invitados se despidieron. Jan de Vos nos dijo que ya estaban preparadas nuestras habitaciones. Él llevaría al doctor Andrews a su hotel. Don Moisés y yo nos retiramos a descansar, pues muy temprano regresábamos a Palenque.

¡AL FIN EN PALENQUE!



El dibujo superior es una panorámica de Palenque desde el conjunto Norte. El montículo que parece en el centro-derecha, es el Templo de las Inscripciones tal y como lo encontraron los exploradores. Al fondo a la izquierda está El Palacio. En la imagen inferior podemos reconocer el Tablero de los Esclavos que forma parte de uno de los patios del Palacio. Ambas obras son del artista inglés Frederick Catherwood.

Ya en el pueblo, Sthepens y Catherwood se vieron metidos en circunstancias desagradables, pues de entrada no fueron bien recibidos por el alcalde del pueblo. Palenque había dejado de ser la ruta de los comerciantes hacia las tierras altas de Chiapas y de Guatemala, y se hallaba en una situación de franco abandono. Las pocas familias que habitaban el caserío llevaban a cabo una producción de autoconsumo y ocasionalmente intercambiaban víveres con los lacandones y los indios de la montaña. Así que lejos de allegarse de las provisiones necesarias para su estancia en las ruinas, se enfrentaron con una escasez de alimentos y provisiones.

Con muchos esfuerzos Stephens logró reunir algunos productos y animales en el pueblo y otras cosas que los indios que les acompañaban habían conseguido mediante trueque con los lacandones. Quedaba por hacer el trayecto a las ruinas. Poco antes de que saliera el sol dejaron la aldea. Los indios llevaban sobre sus espaldas los efectos personales de Stephens y de Catherwood en sendos baúles; previamente habían amarrado a éstos, con mucho ingenio, un par de guajolotes con las alas extendidas, una gallina envuelta en hojas de plátano con la cabeza y la cola descubiertas; también llevaban huevos atados a una cuerda de corteza como si fueran ajos para que no se quebraran, tiras de carne de cerdo, utensilios de cocina, pequeños sacos de arroz, frijol, maíz, sal y azúcar; además, chocolate, una lata de manteca y frutas como plátanos y naranjas.

Salieron hacia el plano y pudieron ver las estribaciones de la sierra a donde se dirigían. Muy pronto se vieron envueltos por una selva cerrada y oscura que siguió hasta las ruinas. Este encuentro de Stephens con Palenque es verdaderamente memorable. Él fue uno de los primeros occidentales cultos que lo admiró y lo recrea así:

Nuestros indios gritaron: “¡el palacio!”

En dos horas llegamos al Río Micol, y en media hora más al Otulá (Otulum), obscurecido por la sombra de la selva, y rompiéndose hermosamente sobre un lecho de piedras. Al vadearlo, muy pronto notamos montones de piedras, y después una piedra redonda esculpida. Espoleamos sobre un filudo ascenso de fragmentos, tan escarpado que las mulas apenas pudieron subirlo, hasta una terraza cubierta, lo mismo que todo el camino, con árboles, de tal modo que era imposible establecer su forma. Siguiendo sobre esta terraza, nos paramos al pie de una segunda, a tiempo que nuestros indios gritaron "¡el Palacio!", y por entre los claros de los árboles vimos el frente de un gran edificio ricamente ornamentado con figuras estucadas sobre las pilastras, raro y elegante (Fig. 14); los árboles crecían arrimados junto a él, y sus ramas entraban por las puertas; en estilo y efecto únicos, extraordinario y melancólicamente hermoso. Amarramos nuestras mulas a los árboles, subimos por una fila de gradas de piedra separadas y derribadas por la fuerza de la vegetación, y entramos al palacio, paseándonos por algunos momentos a lo largo del corredor y por el patio; y después que terminó la primera ojeada de ansiosa curiosidad, regresamos a la entrada, y, parándonos en la puerta, hicimos una descarga de cuatro tiros cada uno, que era la última carga de nuestras armas de fuego. A no ser por este modo de expresar nuestra satisfacción, habríamos hecho trepidar el techo del antiguo palacio con un ¡viva!

Habíamos llegado al término de nuestro largo y fatigoso viaje, y la primera ojeada nos indemnizó nuestro trabajo. Por primera vez nos hallábamos en un edificio erigido por los habitantes aborígenes, levantado antes que los europeos tuviesen noticia de la existencia de este continente, y nos preparamos para hacer nuestra morada bajo su techo. Seleccionamos el corredor de enfrente para nuestra vivienda... Derribamos las ramas que penetraban al palacio, y algunos de los árboles de la terraza, y desde el piso del palacio mirábamos la copa de una inmensa selva extendiéndose a lo lejos hasta el Golfo de México.(1)

Palenque fue descubierto en un estado de conservación bastante bueno en comparación con otros centros mayas. Y esto fue algo que impresionó y sigue impresionando a los viajeros. Stephens y Catherwood pronto se dieron cuenta, gracias a sus viajes y a su sensibilidad artística, que el máximo orgullo de Palenque eran sus relieves de estuco, que aparecían por doquiera, a la par de las inigualables lápidas que se encuentran dentro de los templos del Sol, de la Cruz y de la Cruz Foliada. Pero también se admiraban con los claros de las ventanas que tenían forma de cruces, con los techos inclinados de los templos que estaban rematados por cresterías; con el acueducto que conducía una corriente a lo largo del asentamiento y, por supuesto, con los jeroglíficos que estaban impresos en grandes tableros, moldeados en estuco o esculpidos en piedra. Stephens y Catherwood quedaron deslumbrados por ese “estilo y efecto únicos, extraordinario y melancólicamente hermoso”.

Stephens relata cómo su amigo se esforzaba por reproducir con fidelidad los intrincados glifos que había dentro de los templos. Cuando hacía sol algunos peones le reflejaban la luz mediante lajas de piedra blanca, y en otras ocasiones, lo auxiliaban con teas encendidas dentro de los templos, pues las intensas lluvias cerraban el cielo por completo y ensombrecían el ambiente.

Los dos expedicionarios llegaron a considerar que el relieve del Templo del Sol era la cúspide del estilo artístico maya. Stephens lo valoró como “el más perfecto y más interesante monumento de Palenque”. Catherwood decía, por su parte, que había quedado tan impresionado por el diseño del tablero, que se había impuesto la tarea de dibujarlo y darlo a conocer al mundo en el futuro libro de su amigo.

Merced a la colaboración de estos dos hombres, Palenque y el área maya empezaron a ser referencia en círculos cultos cada vez más amplios y a provocar la curiosidad en las cortes europeas. Con su libro excepcional demostraron que es posible recuperar para la historia del hombre, las construcciones y las culturas que por azares del destino permanecieron desconocidas y hasta olvidadas. Dejemos que el propio Stephens nos diga una última impresión sobre Palenque:

... aquello... que teníamos ante nuestros ojos era grandioso, singular y suficientemente notable. Aquí estaban los restos de un pueblo culto, refinado y peculiar que había pasado por todas las etapas inherentes a la grandeza y decadencia de naciones, había alcanzado su edad dorada y había sucumbido, totalmente desconocido. Los vínculos que la conectaban con la familia humana estaban rotos y perdidos; éstos eran los únicos memoriales de sus huellas sobre la tierra...
En el romance de la historia del mundo, jamás me impresionó nada más fuertemente que el espectáculo de ésta en un tiempo grande y hermosa ciudad, trastornada, desolada y perdida; descubierta por casualidad, cubierta de árboles por millas en derredor, y sin ni siquiera un nombre para distinguirla.
Aparte de todo lo demás, era un doliente testigo de las mudanzas del mundo.(2)

1) Ibid., p. 69-70.
2) Stephens, John Ll., “Expedición a Palenque”, en Revista Arqueología Mexicana, inah-Ed. Raíces, p. 34.

domingo, 31 de agosto de 2008

ESCALERA AL INFRAMUNDO



La primera imagen es el arranque de la escalera desde el Templo de las Inscripciones. Esta es la primera escalinata con la que se toparon los trabajadores luego de retirar la pesada losa que tapaba la entrada.
La segunda imagen es la del descanso que está entre la escalera que baja del templo y la que nos conduce a la tumba de Pacal.
La tercera imagen es el segundo tramo de la escalera. Allí vemos el piso que está bajo toneladas de piedra en el núcleo de la pirámide y se halla al nivel de la plaza.
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Las tres fotografías son de Juan Carlos Rangel

INFORME RUZ. PRIMERA PARTE



San Cristóbal de las Casas, Chiapas, 12 de abril de 1994.
De: Moisés Morales y Juan Carlos Rangel,
Para: Arnoldo González

En la Introducción de su informe Ruz Lhuillier señala que “desde 1949 hasta 1958... estuvo comisionado por la Dirección de Monumentos Prehispánicos del INAH para dirigir los trabajos arqueológicos en Palenque”.(1) Durante esa década realizó once temporadas de exploraciones con la valiosa colaboración de una treintena de arqueólogos, antropólogos físicos, artistas y estudiantes de la Escuela de Antropología e Historia y de la Escuela Nacional de Arquitectura.
A mediados de abril de 1949, Ruz Lhuillier decidió explorar personalmente la pirámide y el Templo de las Inscripciones o de las “Leyes”, uno de los edificios más imponentes de Palenque por sus dimensiones y por su ubicación. Se destaca en forma espectacular sobre el fondo de la selva, incrustado en un cerro, con los ocho cuerpos escalonados de su pirámide y su estrecha escalinata de 60 peldaños, en tres tramos, que conduce a la plataforma superior, a más de veinte metros sobre el nivel de la plaza.
Debe su nombre a la existencia de grandes tableros esculpidos que contienen una de las más largas inscripciones jeroglíficas de los mayas (620 jeroglíficos repartidos en tres tableros) en la que se descifraron numerosas fechas durante un período de doscientos años. La voz popular transformó en "Leyes" el contenido de esa inscripción.

La clave está en la observación

Luego de ordenar la limpieza escrupulosa del piso del templo, Ruz observó que a diferencia de los demás templos de Palenque, cuyo piso era un aplanado, el cuarto central tenía un piso de bloques rectangulares de piedra caliza, uno de los cuales tenía una docena de orificios con tapones de piedra. Se fijó también que la lápida perforada no marcaba el final inferior de los muros, sino que continuaban más abajo de la losa.
Ya el arqueólogo danés Franz Blom, quien recibió el primer encargo oficial del Gobierno mexicano para levantar un estudio sobre Palenque, de diciembre de 1922 a marzo de 1923, había visto dicha losa:

Templo de las Inscripciones —escribe— ha sido descrito repetidas veces en gran detalle... En sus paredes hay tres grandes tableros conteniendo filas de jeroglíficos. Durante la visita de un inspector del Gobierno Mexicano, estos tableros fueron limpiados con un ácido, con el resultado fatal de que las inscripciones se están ahora descascarando. En el cuarto posterior de este templo, el piso está hecho de grandes lápidas, de las cuales una tiene dos filas de agujeros perforados que solían tapar con tapones. No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros. (2)

“No puedo imaginarme para qué servirían estos agujeros”, dice Blom, y esa falta de imaginación y de curiosidad le impidió haber ganado para sí la gloria de uno de los descubrimientos arqueológicos de mayor trascendencia en este siglo. Cierto, Blom estuvo tres meses en Palenque y sólo tuvo tiempo de reconocer algunos conjuntos de edificios que se encontraban bajo la vegetación. Lo increíble es que ni siquiera haya hecho el intento de escarbar en los orificios. Ni modo.
Ruz ordenó remover la pesada losa. Luego hizo que se excavara el aplanado de tierra, y a poca profundidad los peones se toparon con una piedra que servía de cierre a una bóveda, y más abajo con un peldaño, luego otro, y otros más: “habíamos descubierto —exclama Ruz emocionado— una escalera interior cuya tapa era precisamente la lápida perforada que parte del piso”. (3)

Una escalera al Inframundo

¡Había encontrado una escalera con sus muros y bóveda perfectamente conservados!, pero totalmente rellena con toneladas de gruesas piedras y tierra, cuya obstrucción había sido hecha de manera deliberada. Nunca antes en la arqueología de este continente alguien se había encontrado con una construcción parecida. La única comparación que podía establecerse era ciertamente con las pirámides-tumbas del antiguo Egipto. Durante dos años, en cuatro temporadas a razón de dos meses y medio cada una, se llevó a acabo la lenta y difícil tarea para vaciarla.
La escalera baja un primer tramo de cuarenta y cinco escalones para llegar a un descanso. “A ese nivel —explica Ruz— da una primera vuelta en ángulo recto, y a pocos metros después forma otro ángulo recto, al que sigue un segundo tramo de dieciocho escalones que conduce a un corredor cuyo nivel es más o menos el de la plaza, es decir, unos veintidós metros debajo del piso del templo”. (4)
Eric Thompson tuvo la fortuna de descender por aquella escalera con el propio Ruz como guía, antes de que se descubriera la cámara fúnebre. Dice Thompson:

...fue una experiencia que no olvidaré nunca. Allí el pasado parecía cobrar actualidad y se necesitaba muy poca imaginación para retrotraer la escena que me rodeaba y ver a los antepasados de los peones mayas que trabajaban con Ruz cerrando, a piedra y lodo, la citada escalera. Únicamente había que sustituir las luces eléctricas por antorchas de pino, los pantalones por los taparrabo nativos y poner un jefe de obras maya con la cabeza deformada artificialmente en lugar de Ruz. (5)

Al término de la escalera Ruz descubrió una importante ofrenda que consistía en una caja de mampostería, empotrada en un muro, con platos de barro, cuentas y orejeras de jade, conchas llenas de pintura roja y una hermosa perla de 13 milímetros de largo. Se quitó el muro y como a dos metros y medio, apareció una segunda pared: “Se suponía —dice Ruz— que inmediatamente detrás encontraríamos por fin lo que había motivado la construcción de la escalera, pero en realidad el muro no era más que el paramento exterior de un macizo de piedras y cal de cerca de cuatro metros de largo cuya demolición resultó ser tarea larga y dolorosa en vista de que la cal todavía fresca por la tremenda humedad que allí reinaba, quemaba las manos de los trabajadores”. (6)
Aparecieron, al final del pasillo, dos gradas que conducían a un pequeño descanso más alto que el piso. Mientras se retiraba el escombro, Ruz observó detenidamente que en el paramento izquierdo del corredor estaba empotrada una enorme losa triangular que cerraba una entrada. Sobre el descanso se encontró con una especie de caja que abarcaba todo lo ancho del corredor y que estaba cerrada por losas separadas entre sí por gruesas capas de cal. Al retirarlas apareció un entierro colectivo: yacían los huesos muy mezclados y destruidos de probablemente seis jóvenes, entre los cuales por lo menos una mujer; el supuesto sacrificio de estos mancebos para acompañar a su Señor hasta el inframundo, costumbre funeraria maya, aumentaba la posibilidad de una tumba...
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 11.
(2) Ibid., p. 31. (subrayado de Ruz Lhuillier)
(3) Ruz Lhuillier, Alberto, La civilización de los antiguos mayas, tercera edición, México, FCE, 1991, p. 81
(4) ídem.
(5) Thompson, J. Eric, Grandeza y decadencia de los mayas, p. 102-103.
(6) Ruz Lhuillier, Alberto, El Templo de las Inscripciones: Palenque, p. 49.

Armar el rompecabezas

Luego de una minuciosa lectura don Moisés y yo habíamos encontrado lo que Arnoldo nos había pedido con especial interés. La revisión de este importante documento nos permitió revalorar el trabajo meticuloso y el empeño que puso Ruz Lhuillier en el que fuera su descubrimiento mayor como arqueólogo (Fig. 7). Fue siempre un investigador mesurado cuyas intuiciones y reflexiones las hizo sobre bases firmes, y nunca se dejó llevar por una imaginación desmedida ni por juicios sin fundamento.
Don Moisés y yo escogimos, con base en nuestras coincidencias, las partes del Informe Ruz para redactar el texto. Después de una última revisión, ya para anochecer, pudimos imprimirlo. El documento que entregamos a Arnoldo, es el siguiente:

domingo, 29 de junio de 2008

PALENQUE A ESCENA MUNDIA: JOHN LLOYD STEPHENS Y FREDERICK CATHERWOOD

John Lloyd Stephens


Uno de los libros más vibrantes y mejor ilustrados que se hayan publicado sobre los primeros viajes al área maya, se debe al abogado y viajero norteamericano John Lloyd Stephens, y a su colaborador y amigo el dibujante inglés Frederick Catherwood, que lleva por título: Incidentes de viaje en Centro América, Chiapas y Yucatán.[1] Gracias a esta obra, el pueblo maya de la antigüedad pudo finalmente ser descubierto a mediados del siglo pasado por el gran público europeo y de los Estados Unidos. Fue un libro con el que Stephens ganó fama y dinero.

Una vez egresado de la Universidad de Columbia, y debido a una recomendación médica, Stephens realizó un largo viaje por diversos países de Europa y por Egipto. Los viajes no sólo ilustran, como dice el refrán, también permiten a los hombres reconocer su propia cultura y distinguir aquellas que le son ajenas. Con un estilo claro y directo, Stephens hace precisas observaciones y atinadas comparaciones de los sitios mayas que fue visitando, entremezcladas con la narración fascinante de las experiencias más o menos pintorescas del viaje. La gran mayoría de los viajeros y expedicionarios que llegaron tras él, lo hicieron atraídos por sus relatos y por las estupendas acuarelas y grabados de Catherwood.

Stephens y su amigo entraron a Chiapas, desde El Petén guatemalteco, vía Comitán y Ocosingo. Para continuar hacia Palenque tomaron el viejo camino real de Yajalón, Tumbalá y San Pedro Sabana. Al salir de esta última aldea, se internaron en la parte noroccidental de la Selva Lacandona y las agrestes serranías adyacentes. Esta agotadora experiencia es narrada por Stephens con intenso dramatismo que lo hace a uno partícipe de su aventura. Hay un hecho que bien vale la pena recoger completo, para dar una idea del esfuerzo que hicieron. Stephens describe cómo, sentado en una silla, fue transportado por un indígena que lo cargaba sobre su espalda. He aquí el relato:

"Habíamos traído la silla con nosotros simplemente como una medida de precaución, con mucha probabilidad de vernos obligados a usarla; pero en una empinada cuesta, que por poco me hace estallar la cabeza de pensar en la subida, recurrí a ella por la primera vez. Era una grande y tosca silla de brazos, asegurada con tarugos y cuerdas de corteza. El indio que iba a conducirme, lo mismo que todos los demás, era pequeño, no mayor de cinco pies y siete pulgadas (1.67 m.), muy delgado, pero simétricamente formado. Una correa de corteza fue atada a los brazos de la silla, ajustado el largo de las cuerdas, y suavizada la corteza de la frente con una pequeña almohadilla para disminuir la presión. La levantaron dos indios, uno de cada lado, y el conductor se puso de pie, se quedó inmóvil un momento, me elevó una o dos veces para acomodarme sobre sus hombros, y emprendió la marcha con un hombre a cada lado. Esto era un gran alivio, pero yo podía sentir cada uno de sus movimientos, hasta las elevaciones de su pecho para respirar. El ascenso fue uno de los más escarpados de todo el camino. A los pocos minutos se detuvo y exhaló un sonido, usual entre los indios cargadores, entre silbido y jadeo, siempre doloroso para mis oídos, pero que nunca lo había sentido antes tan desagradable. Iba yo con la cara para atrás; no podía mirar el rumbo que llevaba, pero observé que el indio de la izquierda retrocedió. Para que mi conducción no resultara tan difícil, me senté tan quieto como pude; pero a los pocos minutos, al mirar por sobre mi hombro, vi que nos estábamos aproximando al borde de un precipicio de más de mil pies (300 m) de profundidad. Aquí estaba yo muy ansioso de bajarme; pero no podía hablar inteligiblemente, y los indios no pudieron o no quisieron entender mis señas. Mi conductor se movía con cuidado hacia adelante, con el pie izquierdo primero, tanteando si la piedra donde lo ponía se hallaba firme y segura antes de poner el otro, y por grados, después de un movimiento especialmente cuidadoso, adelantó ambos pies a medio paso de la orilla del precipicio, se detuvo y lanzó un tremendo silbido con jadeo. Mi conductor al respirar me subía y me bajaba, sentía su cuerpo temblando junto al mío, y sus rodillas parecían ya flaquear. El precipicio era espantoso, y el más leve movimiento irregular de mi parte podría arrojarnos juntos hasta el fondo. Yo le habría relevado por lo que faltaba de camino, con su paga completa por el resto del viaje, con tal de verme libre de sus espaldas; pero otra vez se puso en marcha y, con el mismo cuidado, siguió subiendo varios pasos tan cerca de la orilla, que aún sobre el lomo de una mula habría sido un paso muy desagradable. Mi temor de que se inutilizara o que tropezara era excesivo. Para mi completo alivio, la senda se apartó del precipicio; mas apenas me congratulaba de mi escape cuando descendió algunos pasos. Esto era mucho peor que la subida; si él caía, nada podría librarme de ser lanzado sobre su cabeza; pero me quedé ahí hasta que me bajó por su propia voluntad. El pobre muchacho estaba bañado en sudor, y cada uno de sus miembros temblaba..."[2]

Este delirante trayecto de cientos de kilómetros a través de la selva, fue uno de los más penosos y duros que realizaron Stephens y Catherwood en su recorrido por Centroamérica, Chiapas y Yucatán. Entre sus recuerdos más amargos están los diminutos mosquitos, a quienes llaman “asesinos del descanso”. Luego de las penosas jornadas de camino diario eran asediados por nubes de estos insectos que les impedían comer y descansar. Para dormir preferían meterse en las partes bajas de los ríos o ponían una pequeña fogata bajo sus hamacas, como hacen los lacandones. Al final de ese martirio Stephens exclamó exhausto: “Por fin salimos a un llano abierto y miramos hacia atrás la cordillera que habíamos cruzado, extendiéndose hasta El Petén y hacia la tierra de los indios sin bautismo”.[3]
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[1]Stephens, John Lloyd., Incidentes de viaje en Centro América, Chiapas y Yucatán, Guatemala, C.A., Imprenta Nacional, 1940.
[2]Stephens, John Ll., Incidentes de viaje en Centro América, Chiapas y Yucatán, en Jan de Vos, Viajes al desierto de la soledad. Cuando la Selva Lacandona aún era selva, México, SEP-Ciesas, 1988, p. 55-56.
[3]Ibid., p. 60.

jueves, 27 de marzo de 2008

EN BUSCA DEL INFORME RUZ LHUILLIER


El Templo de las Inscripciones visto desde El Palacio. Foto de JCR


San Cristóbal de Fray Bartolomé de las Casas es una ciudad de un sabor, de un aroma auténticamente colonial (Fig. 3). La diferencia entre San Cristóbal y cualquier otra ciudad colonial del país, es que en ella se ha detenido el tiempo. San Cristóbal conserva otro ritmo y, por fortuna, no ha sido alterada radicalmente por la modernidad. El cruce de culturas, la convivencia entre pueblos, la diversidad de lenguas y la supervivencia de tradiciones, han permitido la conservación de esta hermosa y culta ciudad, en uno de los confines de México.
Un taxi nos llevó hasta la casa de Jan de Vos. Jan es doctor en Historia por la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, y vive en México desde 1972. Es investigador titular del Ciesas del Suereste y en 1986 el gobierno del estado lo distinguió con el “Premio Chiapas”, en la rama de Ciencias por su obra de investigación. Su casa está en uno de los barrios tradicionales de San Cristóbal. Salió atento a recibirnos. Al ver a don Moisés, lo recibió con un abrazo efusivo.
—Soy Juan Carlos Rangel —me presenté.
—Mucho gusto, ya me habló Arnoldo de usted .
Nos invitó a pasar al recibidor que está en uno de los corredores. Antes de que soltáramos las primeras palabras nos dijo que Arnoldo ya se había comunicado con él para darle la buena nueva. Como era poco lo que teníamos que agregar, don Moisés tomó la iniciativa:
—Como debes imaginarte, Arnoldo está muy entusiasmado con la posibilidad de un hallazgo importante. Tiene especial interés en que revisemos el Informe de Ruz Lhuillier, para extraer de él las experiencias de su trabajo arqueológico en el Templo de las Inscripciones. Dice que deben tomarlse en cuenta. Y por ello estamos aquí, solicitando tu ayuda.
Nos ofreció un espumoso chocolate del Soconusco y nos invitó a pasar a su biblioteca, un cuarto muy grande con libreros alrededor de las paredes y anaqueles. Nos llevó hasta una mesa bajo el ventanal y se dirigió a uno de los estantes. A su regreso traía consigo un grueso legajo en las manos.
—Ésta es —nos dijo con el acento que tienen los francoparlantes cuando hablan español— una copia original del informe Ruz. El original lo entregó al INAH a finales de 1958, una vez concluida su labor de diez años como jefe del campamento en Palenque­. Sirvió de base para una edición que publicaron la SEP y el INAH en los años setenta, y que circuló escasamente, como sucede con este tipo de obras.[1] Ahí están a su disposición la computadora, la impresora y hojas; en la estufa hay café y chocolate. Para cualquier consulta tienen la biblioteca a su disposición. Además, están cordialmente invitados para cenar esta noche en casa, pues el arquitecto George Andrews se encuentra en San Cristóbal y he organizado una velada para él. Nos veremos más tarde.
Apenas nos dio tiempo de agradecerle su hospitalidad, pues se marchó de inmediato. Don Moisés me dijo:
—¡Estamos de suerte!, Andrews es uno de los expertos más renombrados en el campo de la arquitectura maya.

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[1]Ruz Lhuillier, Alberto, El Templo de las Imscripciones: Palenque, México, INAH-SEP, 1973, 269 p. Colección Científica, Arqueología.

Una publicación tardía: Antiquités mexicaines

Conjunto escultural conocido como "Los esclavos", en uno de los patios del Palacio. Foto JCR


Por desgracia, los informes y dibujos desaparecieron en la tormenta que no terminó sino con la Independencia de México en 1821. No obstante, un investigador francés, Henry Baradère, obtuvo del gobierno mexicano 145 dibujos originales de Castañeda y una copia de los informes de Dupaix, mediante acuerdo firmado el 7 de noviembre de 1828.

Sin que hasta la fecha pueda encontrarse explicación alguna, fue hasta 1834 cuando Bradère recibió una copia de los manuscritos, y tuvieron que transcurrir diez años más para que el informe de Dupaix fuese publicado junto con otros documentos de interés distinto, en dos enormes volúmenes salidos de la imprenta de Firmin Didot Frères en París, en 1844, bajo el título de Antiquités mexicaines.[1] 

Entre los documentos anexos de esta obra figuran las cartas de dos personajes famosos, quienes de seguro se asomaron al informe del capitán Dupaix y los dibujos de Castañeda. La primera es una carta del barón Alejandro de Humboldt, del 26 de julio de 1826, donde hace alusión al “hecho misteriosamente curioso de la imagen de una cruz, e incluso de la adoración de una cruz, en las ruinas de Palenque, en Guatemala”.[2] La segunda, firmada “En Tacubaya, el 6 de diciembre de 1834”, por don Antonio López de Santa Anna, dice a la letra:

El templo y los monumentos de Palenque son dignos de entrar en paralelo con las pirámides de Egipto; y, sea que fuesen erigidas en memoria de acontecimientos gloriosos, o construidas por la munificencia de los príncipes, no habrían gozado de menor celebridad que los monumentos egipcios si la historia hubiera transmitido a la posteridad su origen y el nombre de sus autores. Desafortunadamente, los anales de esos pueblos no han llegado en absoluto hasta nosotros...[3]

En tanto, Guillermo Dupaix y Luciano Castañeda desaparecieron de la escena pública al término de la tercera expedición. Nada volvió a saberse de ellos. Queda, sin embargo, su visión un tanto romántica de Palenque cuyo mérito es haber ofrecido un punto de partida indiscutible para el estudio de la cultura maya.

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[1]Ver Soustelle, Jacques, op. cit., p. 229.
[2]En ese momento Chiapas pertenecía a la Capitanía General de Guatemala.
[3]Soustelle, Jacques, op. cit., p. 299-230.

martes, 19 de febrero de 2008

GUILLERMO DUPAIX, pionero de la arqueología mexicana

Alto relieve en estuco en uno de los tableros del Templo de las Inscripciones. Foto JCR

Habrían de pasar 18 años desde 1787, año en que don Antonio del Río fechara en las ruinas de Palenque su informe al rey Carlos III, para que el Capitán de Dragones Guillermo Dupaix,[1] apareciera en la escena de los estudios mayas. A Dupaix debe reconocérsele como uno de los precursores de la arqueología no sólo de Palenque, sino de México. Conoció en compañía del sabio don Antonio Alzate y Ramírez, pariente cercano de Sor Juana, las ruinas de Xochicalco y él, por su cuenta, habría de recorrer algunos otros sitios del Altiplano Central, del Valle de Oaxaca y de la vertiente del golfo, como Tula, Mitla y El Tajín.

A su paso por nuestro país, el ilustre viajero alemán, Alejandro de Humboldt, llegó a tratarlo y conoció su colección particular. En uno de sus escritos el barón decía que Dupaix “había dibujado con gran exactitud los relieves de la pirámide de Papantla (El Tajín), acerca de la cual intenta publicar una curiosísima obra”.
[2]


Por interés manifiesto del Rey Carlos III Guillermo Dupaix realizó algunas visitas entre los años de 1805, 1806 y 1807, e hizo una rigurosa inspección de Palenque, en compañía del “excelente dibujante mexicano, Luciano Castañeda”.
[3] El único sitio maya de importancia que Dupaix visitó fue Palenque. De camino hacia éste estuvo en Villa Real de Chiapa, hoy San Cristóbal, donde pudo conocer a don Ramón Ordóñez —“el paladín de las ruinas de toda la vida”[4]—, quien de seguro alimentó sus expectativas. Continuó hacia Palenque, y ya en las ruinas estableció su campamento en la plaza, frente al Palacio, para desde ahí dirigir la exploración. Pese al apoyo del gobierno y de la protección de una nutrida escolta de Dragones, Dupaix reconoce en su informe la durísima tarea a la que se entregó: “todos estuvimos muy malos. El dibujante particularmente llegó hasta los umbrales del sepulcro”.

Luego de una primera revisión de edificios y dados sus conocimientos artísticos, Dupaix quedó perplejo ante las ruinas de la ciudad. En el Templo de la Cruz, por ejemplo, al que calificó de suntuoso, le sorprendió el gran parecido con el símbolo de la cristiandad, pues en el tablero central se encuentra una hermosa figura en relieve en forma de cruz que le ha dado nombre al tablero y al templo. Afortunadamente, pronto abandonó el intento de interpretar la compleja lápida. Las extrañas cabezas y la vestimenta de los personajes que encontraba plasmados en los relieves, lo llevaron a decir que aquella era una raza desconocida por los historiadores. Dupaix ignoraba, por supuesto, que los mayas deformaban su cabeza y se hacían incrustación y mutilación dentaria como rasgo estilístico propio. En la descripción que hace de los bajorrelieves, dice:

La mayor parte de las figuras están erguidas y son bien proporcionadas; todas se hallan de perfil, son majestuosas y casi colosales, pues miden más de un metro con 80 centímetros, en tanto que por sus actitudes se aprecia una gran libertad de movimiento, con cierta expresión de dignidad. Aunque suntuoso, su atuendo nunca les cubre completamente el cuerpo; se adornan la cabeza con yelmos, penachos y plumas desplegadas; y además usan collares de los que cuelgan medallones. Muchas de las figuras sostienen una especie de cetro o bastón en una mano; a los pies de otras están colocadas figuras más pequeñas en posturas reverentes, y algunas se hallan rodeadas de filas de jeroglifos.
[5]

El aire de autoridad y el elegante atuendo lo llevaron a concluir, con más intuición que conocimiento, que aquellas figuras representaban reyes y que las lápidas narraban la historia de la ciudad. Aún siendo ésta una conclusión en cierto sentido razonable, señalaba que algunas de ellas podían ser sólo decorativas, sin ninguna significación política o religiosa.


Es lógico pensar, por otra parte, que para la mentalidad europea de la época las figuras mayas fueran algo desconocidas y hasta deformes. Por ello, Dupaix dudó que los indios ch'oles contemporáneos de él fueran descendientes directos de aquellos que podían verse en tableros y estucos. Terminó por advertir, no sin cierta ingenuidad, que Palenque no tenía semejanza o influencia alguna de culturas como la china, la árabe o cartaginesa, ni tampoco relación con las obras de otros pueblos del viejo mundo.

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[1] Nacido en Austria hacia 1750, en una familia de origen francés, Dupaix había ido en su juventud a España, donde entró al servicio del rey. Se cree que murió en México en 1818.7[2] Humboldt, Alexander von, Researches concerning the Institutions of the Ancient Inhabitants of America..., 2 vols., Londres, 1814, 1, p. 43, en Brunhouse, op. cit., p. 22.[3] Soustelle, Jacques, Los Mayas, México, FCE, 1988, p. 229.[4] Brunhouse, Robert L., op. cit., p. 30.[5] Ibid., p. 31.

viernes, 1 de febrero de 2008

POR AIRE A SAN CRISTÓBAL, EN LOS ALTOS DE CHIAPAS

El conjunto de la Cruz en todo su esplendor. (Foto de JCR)

Instalados en una avioneta bimotor Cessna de ocho plazas al inicio de la pista, el Capitán Piloto Aviador, Jesús Figueroa, jaló sobre sí el acelerador, y el avioncito enfiló a toda máquina por la franja de asfalto hasta que dio un salto y empezó a elevarse, desafiando las leyes de la gravedad. Luego de dar un giro de 180 grados, sobrevolamos el pueblo de Palenque en dirección a las ruinas. Frente a nosotros, el macizo montañoso de la Sierra Madre del Norte de Chiapas; abajo, a nuestra izquierda, apareció el centro ceremonial de Palenque, como suspendido en el tiempo, justo en el arranque de las primeras colinas.

Don Moisés sacó un libro de su morral. Hurgó entre sus páginas y me señaló una de ellas. Me puso a leer:

Abriéndose paso por entre las aguas del Océano Pacífico y en un prolongado tiempo histórico, que los geólogos ubican desde los estratos metamórficos del paleozoico hasta los depósitos naturales del cuaternario —con rocas intrusivas, capas marinas y formaciones volcánicas—, las actuales tierras de Chiapas emergieron violentas a la superficie. Enormes cataclismos engulleron sucesivamente viejas rocas y bosques primitivos, que con el tiempo se convirtieron en mantos freáticos y yacimientos petroleros. Después, esta espesa costra, repoblada de plantas y violentamente desigual, fue recorrida como el cuerpo femenino de la madre tierra, y paulatinamente poblada y modificada por los hombres. Sus abruptas divisiones originales, sus universos primigenios, se mantienen hasta hoy, la tierra fría de altiplanos, coníferas y montañas, poco fértil pero sana, y la tierra caliente —K’ixin K’inal—, de valles interiores, verdes cañadas o espesura tropical y húmeda, refugio de perseguidos y fuente de enfermedades.


En el centro se levanta la zona montañosa de los Altos, que se continúa hasta la vecindad con Oaxaca, sólo interrumpida por el enorme tajo del Sumidero, que deja pasar entre cañones las aguas del Río Grande de Grijalva en su marcha hacia la planicie tabasqueña. Al norte, la cresta montañosa desciende lenta y boscosa, aminorándose poco a poco, desde cerca de los tres mil metros hasta casi el nivel del mar. Al oriente, el descenso semeja olas sucesivas de montañas que van a extinguirse en el interior de la selva del Petén. Desde los seiscientos metros de altura empieza la floresta tropical conocida hoy como Selva Lacandona, atravesada por largas cañadas; asiento de ríos, lagos, pantanos y caseríos aislados. En su flanco sureste, y antes de descender a la selva, a la depresión del Grijalva, o a estrellarse contra los Cuchumatanes, la región de los Altos se resolvió en enormes altiplanicies barridas por el viento: los llanos de Comitán y la región de los tojolabales.
[1]

Es una página de la Introducción de Antonio García de León, a su gran libro sobre Chiapas: Resistencia y Utopía,
[2] uno de los estudios regionales más importantes de la historiografía mexicana, en el que reconstruye la “portentosa historia de la lucha social en Chiapas —dice en su solapa— desde la Conquista hasta finales del cardenismo”. Es una obra en la que el autor revela un vasto conocimiento sobre el tema, pero también una gran pasión por esta tierra.

—¡Juan Carlos! —me gritó don Moisés y me hizo una señal con la mano para que me asomara por la ventanilla.

¡Eran las Cascadas de Agua Azul! Allí estaban, perpetuas. Sus aguas, color turquesa, se hacen más intensas al contrastarse con el jade de la selva. Pocos son los espectáculos naturales como éste que aún podemos ver en México. Pozas y cascadas de ensueño en medio de una impetuosa vegetación. Es cierto, donde hay agua, hay vida...


El Capitán Figueroa, experimentado piloto aviador que se precia de conocer todas las rutas aéreas de Chiapas, y con quien habríamos de volar en múltiples ocasiones, nos dijo que nos acercábamos a Ocosingo.


—Allí abajo, donde está el mercado —nos señaló—, se libraron combates entre el Ejército Mexicano y unidades del EZLN. Este pueblo, antes tranquilo y famoso por sus exquisitos quesos de bola —nos siguió explicando—, se convirtió en noticia de ocho columnas, como dicen ustedes los periodistas, durante los primeros días de 1994.


Don Moisés me volvió a hacer una seña para que me asomara por la ventanilla:


—Allí está Toniná
[3]—casi me gritó—. Su pirámide es la más alta en toda Mesoamérica.

Desprendiéndose de la montaña una enorme y compleja masa piramidal dominaba el frente de este centro, a sólo once kilómetros de Ocosingo. También se veían algunas pirámides menores y los montículos inconfundibles del juego de pelota. Un bosque intrincado cubría los alrededores. Montañas cada vez más altas se sucedían unas a otras y el avioncito seguía ganando altura. La vista se perdía hacia el extenso valle de Ocosingo, otra de las entradas naturales a la Selva Lacandona, por el lado de la región conocida como La Cañada.


Comenzó a bajar la temperatura al grado que tuvimos que ponernos las chamarras. En cuestión de minutos pasamos del calor húmedo de la planicie, al aire frío de las montañas. Se empezaron a ver los primeros manchones de coníferas y después los bosques. El capitán Figueroa se comunicó con el controlador de vuelos de San Cristóbal y ante nosotros se abrió el alto valle de Hueyzacatlan, a 2,200 msnm., donde los conquistadores que encabezaba el capitán Diego de Mazariegos, fundaron en 1528 la Villa Real, la Chiapa de los Españoles.
[4] Aterrizamos sin contratiempo.

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Referencias de esta entrada:

[1] García de León, Antonio, Resistencia y utopía. Memorial de agravios y crónica de revueltas y profecías acaecidas en la provincia de Chiapas durante los últimos quinientos años de su historia, México, Ediciones Era, 1993, tomo I, p. 25.
[2] Ver bibliografía.
[3] Ver Guía de zonas arqueológicas.
[4] A escasos 15 kilómetros de Tuxtla Gutiérrez, camino a Los Altos, se encuentra Chiapa de Corzo, encantadora población tropical que según la leyenda re­cogida por el Padre Remesal en 1619, fue habitada en los tiempos anteriores a la conquista por una tribu de bravos guerreros, los Chiapa, que provenía del norte de Nicaragua. Diego de Mazariegos, capitán del ejército español que aniquiló con saña la capital india, fundó, el 1° de marzo de 1528, una nueva ciudad en la margen derecha del río Río Grande o Grijalva que llamó Chiapa de los Indios, hoy de (Angel Albino) Corzo, en memoria del líder liberal chiapaneco. El clima calu­roso del lugar y la ambición, llevó a los conquistadores a buscar un lugar más propicio en las tierras altas. Luego de treinta días de exploración llegaron hasta el valle de Hueyzacatlan y allí fundaron la Villa Real, la Chiapa de los Españoles, hoy San Cristóbal de las Casas. Ha­bía pues dos Chiapa, y por ello se le denominó Las Chiapas, voz náhuatl con terminación española, de donde el nombre actual del estado: Chiapas. Por cierto que su nombre le viene de una semilla muy conocida en México y en Centroamérica con la que se prepara una bebida deliciosa y refrescante: la chía. La voz náhuatl chía de radicales desconocidas, asociada a la posposición apan, compuesta de atl, agua, y pan, sobre, forman Chiapan: “río de la chía”, “en el agua de la chía” o “lugar fundado sobre tierra mojada, donde se cultiva la chía”, en Gutierre Tibon, Aventuras en México 1937-1983, México, Diana, 1983, p. 86.