jueves, 5 de noviembre de 2009

UNA COMIDA DE DESPEDIDA

Luego del huracán que significó el hallazgo de una nueva tumba, Palenque fue recobrando su ritmo lentamente. La temporada de trabajo de campo había concluido a finales del mes de julio. Arqueólogos y antropólogos del equipo de trabajo volvían a sus respectivas adscripciones. Otros, como en mi caso, terminaba el contrato y nos regresábamos a casa.

Era necesario, ahora, ordenar la copiosa información acumulada e iniciar la clasificación de las cuantiosas piezas rescatadas desde 1989. Y, sobre todo, había que hacer un primer intento para aproximarse y descifrar quién era el individuo exhumado. Aquí entraba esa otra parte de la investigación científica que puede parecer gris, sin el brillo y el disfrute del trabajo arqueológico de campo, pero que tiene una importancia capital. Es el “trabajo de gabinete” que muchas veces es visto con desdén, pero que implica el esfuerzo intelectual para la reconstrucción y la interpretación de la información recabada.

Arnoldo me pidió que compilara los diversos trabajos que habíamos realizado. Para él serían de mucho provecho pues tendría a la mano referencias y conocimientos que, de diversas fuentes y épocas, habíamos reunido don Moisés y yo.

En una semana pudimos entregarle a Arnoldo una carpeta con versiones compendiadas de informes, notas biográficas, entrevistas, bibliografía e información hemerográfica, textos, mapas y material fotográfico.

Una deliciosa comida en la casa de don Moisés, bajo un frondoso palo de mango, fue la manera de sellar cuatro intensos meses de trabajo y convivencia. Arnoldo, con muestras de cansancio luego de las últimas semanas de trabajo, asistió para compartir y relajarse. Ya entrada la noche nos despedimos. Yo salía muy temprano para Villahermosa, para de ahí tomar el vuelo hacia la ciudad de México. Un abrazo cerraba esta historia.

* * *

En un abrir y cerrar de ojos había transcurrido un año de mi trabajo en Palenque. En agosto del ‘95 pude viajar a Tuxtla Gutiérrez. Sabía de antemano que Arnoldo estaría en sus oficinas del inah Regional, así que aprovecharía la ocasión para saludarlo. Estuvimos en su casa platicando y recordando aquellos días llenos de vida y trabajo, en Palenque. Hablamos de muchas cosas que grabé sin ningún orden. Luego de trabajar con las cintas hice este recuento:

¡ÁNIMO! ¡ÁNIMO!

Por fin, después de 16 horas, el bastidor sostenido por gatos hidráulicos, como lo hiciera Ruz Lhuillier, se levanta a las 3:30 de la madrugada unos cuantos centímetros. Y el taller de carpintería instalado a los pies del templo funciona a todo vapor. Polines, tubos de metal, tablas calzadoras entran y salen de la cámara siguiendo las instrucciones de Arnoldo González Cruz. Afuera, Chaac, el dios maya de la lluvia, se hace presente como queriendo participar de la ceremonia, igual que lo hizo aquel 11 de abril cuando se descubrió la tumba. Adentro, después de un gran silencio de expectación, esa losa de piedra de 2.45 por 1.18 metros se levanta para que todos vean a quién reposa desde hace aproximadamente mil 300 años.

En cadena, como en una sala de cirugía pasan los instrumentos de mano en mano, las de Saúl Said, coordinador del campamento, son útiles todo el tiempo. Víctor Cruz, fotógrafo del INAH, queda atrapado dentro de la cripta y participa del rescate. Y de pronto todos los que están dentro de la cámara funeraria sienten, mientras sube la lápida, cómo sale el fuerte olor a cinabrio del sarcófago. Una brisa del pasado invade la cámara y todos se ponen la mascarilla. Hay nerviosismo, momentos de tensión. ¡Ánimo, ánimo!, dicen todos los de afuera, en su mayoría integrantes del joven campamento arqueológico, donde el promedio de edad oscila entre los 25 y los 35 años.

A las 6:10 de la madrugada, Epigmenio Ibarra y Phillipe, su colega, logran introducir la lente de sus cámaras entre el sarcófago y la lápida que ya se ha levantado cerca de 20 centímetros.

El ánimo se eleva al cielo porque a través de un monitor ya es posible ver un espectáculo sin nombre: el rostro del personaje. Porta una diadema formada por cuentas de jade y restos de una máscara que, afirman los arqueólogos, es similar a la que se encontró con Pakal. No se sabe aún si la dentadura, mutilada, contiene incrustaciones de jade y pirita como presentaron las de los restos adjuntos al sarcófago.

Luego vuelve el suspenso. ¡Uno! indica Alberto López, “El güero”, a sus compañeros para que manipulen los gatos y se eleve la lápida. ¡Uno! Y los segundos transcurren como horas. El silencio lo rompe Carlos Urriza, siempre antisolemne para cantar: “vengo de un mundo raro y misterioso...” Hace poco descubrió en el Templo XVII un gran tablero con inscripciones de suma importancia. Ahora participa en otro hallazgo. La selva de Palenque se mantiene en suspenso.

A las 7:40 horas se colocan los polines y todos saben que el momento se acerca. Fanny mira a punto del llanto el proceso a través del boquete rodeado de piedra que divide a la cámara del pasillo donde todos los presentes aguardan. Algunos cabecean, pero nadie abandona el templo.
Por fin a las 8 de la mañana ya los cilindros han sido colocados y se da el primer deslizamiento de la gran lápida que a diferencia de la de Pakal no está labrada. Ahí va. Ahí va, se desliza la tapa poco a poco. Más despacio por favor, pide Arnoldo sudando. Ahora se ven perfectamente los huesos de pies y piernas. Diez minutos más tarde en medio de un gran silencio y cuando ya nadie tiene sueño se oye: ¡Listos! y aquella lápida se desplaza hasta el fondo para que todos podamos ver, sin dar crédito a la escena, el esqueleto completo del antiguo o antigua gobernante maya con toda su majestuosidad.

A Fanny le llama la atención la diadema puesto que es la primera vez que va de elemento en un entierro y las piezas de concha que asemejan orejeras pero que, se diría después, forman parte de la máscara. Las cuentas circulares integrantes de las pulseras y los collares indican un fino trabajo de artesanía en jade. Y observa una concha como ofrenda a un lado del cráneo.

Un gran aplauso emotivo se impone al cansancio.

Arnoldo ya no deja de sonreír. Sale de la cámara funeraria y ofrece en entrevista sus primeras observaciones:

—Todo esto parece confirmar lo que tiempo atrás suponíamos. Un sarcófago es indicativo de clase gobernante por la riqueza y la cantidad de piezas y materiales que ofrece además de la máscara y del tipo de cripta. Podemos confirmar también que esta parte de Palenque funcionaba como una necrópolis y que si con el hallazgo del Templo XIII descartamos la idea de que la única tumba de esta naturaleza era de Pakal, pues podemos suponer que probablemente hay más. Pero es muy pronto para dar conclusiones porque hay que limpiar y analizar el material arqueológico y esperar los resultados del laboratorio. Por lo que hemos observado de manera superficial, no hay glifos que indiquen aún fechas o nombres e incluso los datos que arroja la cerámica de la cripta parece contradecir la época de la subestructura del edificio, por lo que quizá debemos revisar de nuevo las inscripciones de la tumba de Pakal”.“Tenemos trabajo para los próximos cien años”, dice, y emocionado, admite que fue más de lo que esperaban.

Un amanecer nublado cubre Palenque. Y en el aire queda la pregunta: ¿quién será?, ¿quién llega del pasado? Las respuestas vendrán después. Lo que queda hoy en todos es una emoción compartida e indescriptible después de toda una noche en diálogo con el pasado.

DESENTRAÑANDO LOS GLIFOS: LOS LINAJES DE PALENQUE

Gracias a la añeja amistad entre don Moisés y Linda Schele pudimos conversar con ella y exponerle algunas dudas que nos había dejado el Informe Ruz. Ella estuvo algunos días en Palenque, muy contenta, invitada por el propio Arnoldo.

Doctora por el Institute Latin American de la Universidad de Texas, en Austin, Linda se ha puesto a la cabeza de las investigaciones epigráficas en Palenque. A la menor insinuación se acordó con facilidad de la Navidad de 1970, cuando ella y su esposo hicieron un recorrido en automóvil por toda la costa del golfo de México, desde Matamoros, Tamaulipas, hasta la remota ciudad de Mérida, Yucatán.

Linda habla con mucho cariño de un refugiado guatemalteco que encontraron en Villahermosa, que amaba Palenque, y quien casi les suplicó que lo visitaran. Siguieron su consejo e hicieron una primera estancia de tres días. De regreso de Mérida se quedaron siete días más y Linda dice que se “enamoró perdidamente de Palenque”. Se acuerda también que el guatemalteco les había hablado acerca de una persona a quien debían conocer, un tal Moisés Morales. Fueron en su busca y con él como guía conocieron Palenque. Desde entonces Linda está ligada sentimental y profesionalmente con el sitio y mantiene una afectuosa amistad con don Moisés.

Oye, Linda, ustedes los historiadores del arte, metidos a epigrafistas, han empezado a “leer” los jeroglíficos mayas. ¿Cómo le han hecho?

No ha sido fácil. David Kelley había estado trabajando en aspectos novedosos de lingüística histórica, estudios que hacían falta. Él fue el primero en notar que el nombre del gran gobernante de Palenque, Pakal (“Escudo de Mano”) podía escribirse con la imagen de un escudo de mano, o fonéticamente, como pa-ka-l (a), o de las dos maneras. Esto lo dio a conocer en su libro Deciphering Maya Script. Por su parte, Peter Mathews y Floyd Lounsbury habían estado recopilando material —dibujos e ilustraciones­— de los glifos de los tableros del edificio y de la cripta. Con todo este material reunido, Peter y yo pudimos seguir en las inscripciones del edificio y del sarcófago, las entronizaciones de los gobernantes palencanos para un período de 400 años, además de sus nombres, las fechas de nacimiento y los ascensos al poder.

Ya que hablas de las edades de los personajes, es sabida la discrepancia entre la “lectura” epigráfica y el dato antropofísico, ¿cuál es tu punto de vista?

La pregunta aquí es más bien: ¿cuál información es la que puedes considerar como más confiable y cuál es la que está más sujeta a errores, ya sea en su evaluación, o en la recopilación de los datos? Lo que tenemos es la cronología asociada con el nacimiento de Pakal, con su entronización y con su muerte. Su nacimiento está escrito en Cuenta Larga, lo que significa que no se puede repetir hasta que hayan transcurrido 375 mil años. Su entronización está ligada a la de otra persona, algo que ocurrió un millón de años atrás. Esto es simple matemática, no es una cuestión de juicio. Está contado el total de años, meses y días y las fechas se ligan perfectamente con los finales del noveno y décimo katún.

Llegamos ahora a la parte final de la evidencia y la primera pregunta es: ¿pueden los antropólogos físicos dar la edad de los restos? Yo he hablado con los mejores antropólogos físicos del mundo, incluyendo gente como Frank Solt, quien estudió los huesos de Altar de Sacrificios, muchos de los de Tikal, los de Ceibal y ahora los de Caracol. Él trabajó medicina forense en Estados Unidos y es una de las personas con más experiencia en el trabajo de huesos en todo el mundo. Incluso, vio los huesos de Pakal y dice que corresponden a los de una persona de edad avanzada, pero éstos eran solamente astillas de la mandíbula inferior, los huesos largos nunca fueron sacados y no han sido estudiados.

Veámoslo desde otro punto de vista. La versión epigráfica, es decir, la que ustedes sustentan, señala que Pakal vivió aproximadamente unos 80 años, en tanto que el dato antropologico que proporcionan Ruz Lhuillier, Arturo Romano y Eusebio Dávalos, sostiene que Pakal tenía entre 40 y 50 años cuando murió. ¿Qué opinas?

Vamos por partes, como dicen ustedes. La antropología física todavía no tiene las herramientas para asignar edad a restos de personas de edad avanzada, además de que los seres humanos envejecen a ritmos muy diferentes. Hay muchos casos con los que pudiera ejemplificar, pero vamos al grano. Cuando los huesos de Pakal fueron llevados a México para un nuevo estudio en la década de 1970, surgió este horrible conflicto: todo lo que se tenía eran pedazos del cráneo, pero el cráneo estaba destruido por la misma máscara que se colocó sobre el rostro del gobernante. Ernesto Pimentel estudió pacientemente los informes de los antropólogos,(1) pero éstos sólo habían publicado las conclusiones, la prueba específica que ellos aplicaron es desconocida en todo el mundo, nadie sabe de esta prueba y no se ha vuelto a aplicar en ninguna otra parte.

Como historiadora del arte, ¿cuál es a tu juicio la contribución de la epigrafía maya al conocimiento?

Puede manejarse de dos maneras. Primera, lo que aporta la epigrafía a la arqueología es que pone a los seres humanos dentro de ella y reduce las posibilidades de especulación, da oportunidad a sus autores de decirnos: “Esto es lo que en realidad hice”.

Segunda, en una escala más amplia, lo que el desciframiento ha hecho es que le dio a América una historia escrita larga y tan compleja como cualquier otra del Viejo Mundo, quizá más detallada que cualquier otra; por ejemplo, la egipcia, o la de Mesopotamia; estamos hablando de una escritura del nivel de la que produjo China. Ni más ni menos.

Si estudiamos el arte griego es porque conocemos los nombres de los artistas. Los artistas mayas también firmaban sus obras, están ya identificados los glifos para escriba, escultor y arquitecto. Pero la gran aportación de la epigrafía es que transformó a los indios americanos, de bárbaros semidesnudos, en un segmento importante de la cultura humana.

Si somos cuidadosos y entendemos la herencia que representan, nuestros descendientes sabrán de los artistas mayas, porque junto a Praxiteles y Leonardo estarán los nombres de estos otros artistas que tallaron sus obras y las firmaron, y también tallaron su contribución a la historia de la humanidad para hacerla central y permanente. De veras.
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1) Se refiere a los antropólogos ya mencionados Arturo Romano y Eusebio Dávalos.

"UN TUMBÓN DE PURAS TUERCAS"

De pronto, el martes 31 de mayo, Arnoldo González descubre un orificio sobre la lápida: “es un psicoducto por donde el personaje se comunica con el mundo exterior”, explica, mientras retira un pedazo de tepalcate que obstruye el orificio. Y entonces el cinabrio, mineral de color rojo asociado a la muerte, empieza a salir del sarcófago y todos se ponen una mascarilla.

Ingenioso, Arnoldo introduce un foco diminuto por el orificio y puede ver algo del interior del sarcófago. Y ese día a las 13:55 horas grita con toda la espontaneidad que amerita el momento: “¡Utaa, es un tumbón de pocas tuercas, perdón, pero es que está lleno de jade, ay, ay, ay, esto es el alucine, vengan a ver todos!” Fanny se asoma: “¡Qué maravilla!” y se ríe emocionada mientras escucha a Arnoldo dirigirse al personaje de adentro: “Gracias, gracias”.

En el campamento ya nadie habla de otra cosa y hasta el pueblo ha corrido la noticia del hallazgo. Todo se prepara para, por fin, abrir el sarcófago. Después de la comida todos se dirigen al Templo XIII del que ya nadie saldrá hasta las nueve de la mañana del día siguiente.
La tarde parecía eterna. Hasta que llegó la noche con sus luciérnagas, sus monos saraguatos y sus interminables ruidos animales.

viernes, 24 de julio de 2009

PARA ENTRAR... HAY QUE PEDIR PERMISO




Arriba: Los restos del personaje más de mil años después de su entierro. 
Abajo: Máscara de malaquita que cubría el rostro de la llamada Reina Roja. (1)

También en la Arqueología hay lugar para casos insólitos cuya explicación está más bien relacionada con el esoterismo, el misticismo y hasta la charlatanería. Media hora antes de la operación una “vidente” de nacionalidad francesa que se encontraba en el sitio, mandó llamar a Arnoldo y a Fanny. Les explicó que en su país es frecuentemente solicitada para localizar niños perdidos. Había subido con un péndulo a la parte superior del Templo XIII y según les advirtió, la energía fue tan intensa que soltó el aparato. Les describió el edificio sin conocerlo y les adelantó que encontrarían dos tumbas, pero que pidieran permiso antes de entrar.

Creyendo o no en aquellas cosas, Fanny y Arnoldo rememoran que “por si las dudas”, en silencio, pidieron permiso, pues era factible la existencia de una tumba. Le pidieron a quien estuviera ahí que los comprendiera, que sólo hacían su trabajo. Y procedieron. Jorge, un excavador asistente de Fanny, hizo la cala y al penetrar su cincel el muro, escucharon una exclamación. Una ráfaga a presión de aire helado le había golpeado la cara. ¡El espacio estaba hueco! Corrieron por una lámpara para mirar por el orificio de diez centímetros. Fanny no alcanzaba, Arnoldo subió a una cubeta y gritó: “¡una tumba!”. Fanny por fin pudo ver: ¡un sarcófago!

Aquello, era extraordinario porque se pensaba que sólo el rey Pakal tenía una tumba así en toda el área maya mesoamericana. ¡Habían encontrado otra! Fanny no pudo contenerse y lloró emocionada. Arnoldo llamaba por radio a todos los compañeros del campamento del INAH que trabajaban en la zona desde 1992, así como a trabajadores y peones del proyecto. Llegaron otros compañeros arqueólogos y bautizaron a Fanny con agua helada, mientras Arnoldo reportaba el hallazgo a la dirección general del INAH en la ciudad de México.

Sobre la lápida había un incensario y un malacate de hueso, elemento frecuente en entierros femeninos mayas, por lo que vino una primera hipótesis: ¿es Zac-Kuk, madre de Pakal? Pero cuando vieron que en realidad los edificios no se comunican y que la cerámica en ofrendas dentro de la cripta parece ser tardía, lo dudaron. Los datos, en cuanto a fechas, son contradictorios.

Los trabajos al interior de la cámara comenzaron inmediatamente. En ambos lados del sarcófago se encuentran restos óseos. En una primera interpretación, el antropólogo físico Fernando Dudet plantea que se trata de un adolescente por un lado y de una mujer por el otro; las dentaduras con incrustaciones de jade sugieren su pertenencia a la nobleza. Mientras tanto, Fanny y Lourdes Rico, la restauradora, recogen los materiales arqueológicos que encuentran sobre la lápida: tierra, fósiles de caracol, estalactitas, tepalcates, carbón, hueso... En un nicho instalado en uno de los muros yacen tres figurillas en forma de silbato. Todo irá a un laboratorio del INAH en la ciudad de México, para su fechamiento.

Por primera vez en México un hallazgo de esta naturaleza es documentado en su totalidad gracias al trabajo en video de Epigmenio Ibarra y su equipo quienes incansables se instalaron dentro de la cripta día y noche. Epigmenio venía de las zonas bajo control del EZLN, donde, “en algún lugar de la Selva Lacandona”, había grabado una entrevista con el Subcomandante Marcos.


(1) Foto de Wolfgang Sauber, Wikipedia, 2011.

¿UNA NUEVA TUMBA?


Contiguo a la pirámide del Templo de las Inscripciones,
en el edificio conocido como XIII,se encontró a un nuevo personaje: La Reina Roja

(Foto de JCRangel).

El lunes 9 de mayo de 1994, cuarenta y dos años después de que Ruz Lhuillier penetrara en el cámara funeraria de Pakal, Arnoldo González y Fanny López dieron inicio a los trabajos para quitar la vegetación y el escombro que cubría el frente del Templo XIII, labor que concluyó dos semanas después. Arnoldo había instruido al jefe de la cuadrilla de peones para que éstos trabajaran atentos, pues en cualquier momento podría “saltar”, como dicen los arqueólogos, alguna pieza importante. Se liberó lo que de algún modo habían intuido: bajo el dintel estaba una entrada clausurada con un muro de cal y piedras fuertemente amarradas.

El 23 de ese mes se derribó el muro. Cuentan Arnoldo y Fanny que al traspasar el umbral tuvieron esa extraña sensación de haber entrado a un espacio cerrado desde hacía más de mil años, pero sorprendentemente bien conservado. Se toparon con un pasillo angosto, transversal, y tres puertas de frente, las de los lados con el acceso libre a las habitaciones pero la central estaba sellada. Un nuevo dintel les indicó la existencia de un cuarto pero ¿por qué estaba recubierta la entrada? ¿Qué guardaba en su interior aquel edificio que, explorado por el arqueólogo Jorge Acosta en los años setenta, parecía no revelar ya hallazgo alguno? El propio Acosta no supo entonces que estuvo a sólo seis metros de tocar la misma puerta.

Una semana después de limpiar los muros del pasillo decidieron hacer una cala de prueba para ver si aquel cuarto estaba relleno o no. Apuntalaron la cornisa del edificio y protegieron el piso. En éste encontraron, esparcidas, muestras de carbón, señal de que cuando se tapió la puerta hubo ceremonia ritual.

viernes, 1 de mayo de 2009

INFORME RUZ. CONCLUSIÓN

El descubrimiento de la Cripta Real en el Templo de las Inscripciones causó sensación en el mundo por varios motivos que Ruz deja en claro: “singular ubicación debajo de la pirámide, comunicación con el templo, notables dimensiones, solidez y perfecto acabado de la construcción, extraordinarios relieves de estuco, colosal sepulcro cubierto de relieves simbólicos y cronológicos de magnífica factura y enorme importancia, entierro de un personaje de alto rango con todas sus joyas”.(1)

Ruz agrega que “este hallazgo venía a demostrar que la pirámide americana no era forzosa y exclusivamente un basamento macizo para sostener al templo, como se consideraba hasta entonces, en oposición a la pirámide egipcia. Revelaba también una semejanza de actitud psicológica hacia la muerte, entre el faraón y el “halach-uinic”(2) palencano, y un paralelismo cultural ya que la cons­trucción de tales monumentos implicaba tanto para los egipcios como para los mayas un fantástico derroche de esfuerzos colectivos para beneficio de un ser privilegiado”. (3)

Ruz termina por concluir que tanto para los egipcios como para los mayas la construcción de obras monumentales suponía, a su vez, una estructura económica desarrollada, un cuerpo social diferenciado y jerarquizado, un poder político centralizado en una teocracia que regía en forma absoluta lo temporal y lo espiritual. Significaba también un serio adelanto en la técnica de la construcción, en las artes, particularmente la escultura, y en las ciencias astronómicas y matemáticas.

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[1] Ruz Lhuillier, Alberto, La civilización de los antiguos mayas, p. 92.
[2] Ver glosario.
[3] Ruz Lhuillier, Alberto, op. cit., p. 92.

INFORME RUZ. Cuarta parte: Un Rey Maya llega del pasado



“A pocos centí­metros —evoca Ruz— brotó a mi vista una calavera humana cubierta de piezas de jade”. La tapa del monolito tenía unos orificios que permitieron hacer pasar unas cuerdas para retirar la losa en una maniobra parecida a la que realiza­ron los sacerdotes para colocarla.

En el lecho apareció, rodeado de un vivo color bermellón, un distinguido soberano maya con su impresionante contenido. El esqueleto yacía en forma normal, con brazos y piernas extendidos, cara hacia arriba y los pies ligeramente abiertos (Fig. 31). El estado de los huesos era sumamente frágil debido a la humedad, pero ocupaban su lugar normal. Ruz llegó a determinar, con base en los estudios antropométricos de Romano y Dávalos, que se trataba de un hombre de 40 a 50 años, de alta estatura para el común de los mayas (el esqueleto mide 1.73 m), robusto y bien proporcionado, sin lesiones patológicas aparentes (Fig. 32). El estado de destrucción en que se encontró el cráneo impidió que se pudiera precisar si estuvo o no deformado artificialmente como era costumbre entre los mayas de la nobleza y el sacerdocio; por otra parte, no presentaba las mutilaciones dentarias que también eran usuales entre los señores.

Ruz señala un hecho singular que tiene que ver con una diva del cine mexicano, para afirmar que Pakal pertenecía a la clase noble, a los almenhenob, “los que tienen padres y madres”. Ruz refiere un detalle osteológico que puede esgrimirse para confirmar esta aseveración: “el individuo de alta estatura y robusta complexión tenía manos muy delgadas, delicadas, casi podríamos decir femeninas, puesto que los anillos de jade que se hallaron en las falanges de sus dedos, se ajustaban perfectamente al tamaño de las manos de una mujer de físico tan delicado como es la actriz mexicana Dolores del Río, que en una oportunidad se los probó”.(1)

Sobre el fondo rojo del ataúd, el verde brillante del jade resal­taba. Pakal había sido enterrado con todas sus joyas, un total de 978 cuentas: ¡un verdadero tesoro!; en la boca llevaba una hermosa cuenta como moneda para adquirir alimentos en el otro mundo. Sobre la frente tenía una diadema hecha con pequeños discos de la que probablemente colgaba una plaquita tallada en forma del dios murcié­lago; pequeños tubos servían para dividir la cabellera en mechones separados. En ambos lados de la cabeza yacían orejeras compuestas de varias piezas.

Al momento de ser enterrado Pakal le fue colocada una máscara formada por un mosaico de jade de más de 200 piezas (Fig. 33). Afirma Ruz que es probable que durante el entierro, la máscara se deshiciera por frágil, ya que los fragmentos estaban adheridos a una ligera capa de estuco aplicada sobre la cara. Se encontraron algunos fragmentos pegados a la cara y el resto casi todo formado al lado izquierdo de la cabeza. Con las fotografías y los dibujos que se hicieron durante la exploración, se pudo reconstruir la máscara que debe reproducir más o menos fielmente los rasgos del personaje. Hoy día esta maravillosa pieza está en la Sala Maya del Museo Nacional de Antropología e Historia (Fig. 34). Los huesos largos de Pakal no han sido movidos de su lugar.

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(1) Ibid., p. 218. 
Fotografía: Notimex/Milenio/Cultura: Ciudad de México /

Las Dinastías de Palenque

Glifos mayas del Museo de Sitio de Palenque (Foto: JCRangel)


Dos décadas después de estos descubrimientos, en 1973, Linda Schele y Peter Mathews, artistas e historiadores del arte, pudieron anunciar en una conferencia efectuada en Palenque, que habían descifrado la historia dinástica de todos los gobernantes de Palenque, desde el año 431 d. de C. Ese historial ha sido refinado posteriormente por ellos y por Floyd Lounsbury, Merle Green Robertson y David Kelley —todos ellos continuadores de la escuela iniciada por Berlin y Proskouriakoff. Gracias a sus trabajos ahora podemos colocar a figuras tan importantes como Pakal y como Chan Bahlum, en relación con el estupendo arte y arquitectura creado para ellos. Palenque, lo mismo que Yaxchilán, entraba ya en el reino de la historia.

De acuerdo con la “lectura” que hacen Linda Schele y Peter Mathews, los glifos refieren la ascensión de un rey mitológico, Kin Chan, en 697 a. C. También indican que Bahlum-Kuk fue el primer gobernante de Palenque y fue coronado en el 431 d.C. Seis reyes le siguieron y también quien fue la primera reina, Kanal Ikal, quien asumió el poder en el 583. El rey Ac-Kan la sucedió en el 605 y fue seguido por la reina Zac-Kuk, madre de Pakal, en el año 612.

En cuanto a Pakal, Linda señala que los glifos indican que nació el 26 de marzo del año 603 de nuestra era; asumió el trono el 29 de julio de 615 y el 31 de agosto de 683, se registra su fallecimiento. Siguiendo esta cronología resulta que Pakal subió al trono a la edad de 12 años y según la fecha de su fallecimiento, fue un hombre longevo que llegó a los ochenta de edad y gobernó a los palencanos durante largos 68 años.

Sin embargo, estas fechas han sido objetadas por los estudios antropológicos que hicieron in situ los especialistas Arturo Romano y Eusebio Dávalos sobre los restos de Pakal, luego de que Ruz abriera el sarcófago en 1952. Sus conclusiones, en abierta contradicción a las fechas inscritas en los glifos, dieron por resultado que se trataba de “un individuo adulto, de aproximadamente cuarenta a cincuenta años, de sexo masculino, yacente en decúbito dorsal, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo...” (1)

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(1) Eusebio Dávalos Hurtado y Arturo Romano Pacheco, “Estudio preliminar de los restos osteológicos encontrados en la tumba del Templo de las Inscripciones, Palenque”, en Ruz Lhuillier, Alberto, El Templo de las Inscripciones, Palenque, Apéndice, p. 253.

LOS GLIFOS: expresión del pensamiento maya


Fecha del calendario gregoriano en la numeración maya

Tras una larga historia en el intento por descifrar las inscripciones mayas iniciada por el primer obispo de Mérida, Fray Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, el epigrafista Heinrich Berlin dio a conocer en 1958, pruebas de que había una clase especial de signo, al que llamó “Glifo Emblema”, conectado con determinados lugares arqueológicos. Los Glifos Emblema correspondientes a varios centros del Período Clásico —como Tikal, Piedras Negras, Copán, Quiriguá, Yaxchilán y Palenque— han sido identificados ya con toda seguridad (Fig. 30). Berlin sugirió que esos emblemas eran los nombres de las “ciudades” mismas, o de las dinastías que gobernaban allí, y propuso que en las estelas y otros monumentos de esos lugares quizá estuviese relatada su respectiva historia.

Esta extraordinaria hipótesis de Berlin abrió el camino para que, años después, Tatiana Proskouriakoff hiciera trabajos importantes en las ruinas de Piedras Negras, en la cuenca del Usumacinta, al identificar el glifo parecido a la cabeza de un animal con dolor de muelas, que registra el ascenso al poder de un hombre joven; otro glifo, el de “la rana al revés”, era la fecha de nacimiento para la misma persona. Berlin, por su parte, tenía ya descifrados los glifos para entronización, muerte, captura y matrimonio. Ambos, fundadores de la escuela estadounidense de epigrafía maya, fueron perfeccionando sus investigaciones hasta que pudieron “leer” inscripciones completas.

INFORME RUZ. TERCERA PARTE


Lápida monumental colocada horizontalmente
sobre el "sarcófago" de Pakal que mide 3.80 x 2.20 m y que está esculpida
en sus lados (30 cm de espesor) y en su cara superior.

“Al entrar en la cripta —recuerda Ruz Lhuillier— encontramos en el suelo, debajo de un colosal monumento, varias vasijas de barro depositadas como ofrenda y dos hermosas cabezas de estuco que proceden probablemente de esculturas completas que adornaban algún templo (Fig. 23). El haber sido arrancadas de los cuerpos y dejadas como ofrenda en la cripta significa quizá la simulación de un sacrificio humano por decapitación que parece haber existido entre los mayas en asociación con el culto agrícola del maíz”. (1)

Estas cabezas que Ruz encontró se cuentan entre las mejores obras en estuco que debemos a los artistas palencanos. Están ejecu­tadas con fiel realismo, perfección técnica y delicada sensibilidad. “Es obvio —comenta— que el artista no sólo pensó en reproducir lo más exactamente posible los rasgos de un sacerdote determinado, sino que quiso expresar también la austeridad, la fuerza interior, el espíritu de la casta sacerdotal. Con el trazo seguro y fluido de los contornos se lograron los retratos de esos mancebos, símbolos artísticos de dimensiones universales”. (2)

Lo más sorprendente de la cripta es indudablemente el enorme monumento que ocupa la mayor parte de su espacio. Es una lápida monumental colocada horizontalmente que mide 3.80 m por 2.20 m y que está esculpida en sus lados (30 cm de espesor) y en su cara superior (Fig. 26). La lápida estaba posada sobre un bloque monolítico de siete metros cúbicos, cuyos lados también están esculpidos. Finalmente, el conjunto está sostenido por seis gruesos soportes de piedra, cuatro de los cuales tienen inscripciones. El peso aproximado de este monumento es de unas 20 toneladas (fig. 17 b).

Nuestra primera impresión —dice Ruz— fue que podía tratarse de un altar ceremonial, conservado en ese lugar secreto, lejos de la mirada del público, por alguna razón del culto...
Al expresar esta reserva, tenía en cuenta que para ser un altar era preciso que el monolito que sos­tenía a la lápida fuese macizo y que su función fuese la de un simple basamento; pero existía la posibi­lidad de que estuviese hueco, en cuyo caso el monumento no sería un altar. Levantar la lápida, que pesa como unas cinco toneladas y que por sus magníficos bajorrelieves constituye una de las obras maestras del arte maya, ofrecía ciertas dificultades y peligros. La principal dificultad era la del espacio para el uso de maquinaria y la imposibilidad de llevar tal maquinaria hasta la cripta; el mayor peligro era dañar la lápida. Quise entonces cerciorarme primero, sin alzar la lápida, de si el bloque era o no macizo. Para eso hice taladrar el bloque en sitios no esculpidos, horizontalmente y en dirección al centro de la piedra. El primer sondeo no dio resultado porque el trabajador fue inclinando imperceptiblemente su taladro, y llegó hasta el centro sin encontrar más que la piedra. En otro sondeo, la barreta llegó a un hueco, y un alambre que introdujimos por el agujero, mostraba, al ser retirado, huellas de pintura roja adherida. (3)

Después del instante en que Ruz descubrió la cripta, éste en que comprobó que el supuesto basamento del hipotético altar tenía una cavidad, fue otro instante de enorme emoción y alegría para él y sus colaboradores. Podría tratarse de una gigan­tesca caja de ofrenda, pero el tamaño y la forma del monumento, así como la presencia de pintura roja, anunciaban otra cosa.

El polvo color rojo con el que los antiguos cubrían a sus muertos, derivado que se extrae del cinabrio,(4) está asociado en la cosmogonía maya con el Este. Aparece casi siempre en las tumbas, sobre los muros, en los objetos de la ofrenda funeraria o sobre los restos humanos. Para los mayas el Este es la región en donde cada día vuelve a nacer el sol después de su muerte diaria en el Oeste; el Este es en consecuencia lugar de resurrección, y el rojo que lo simboliza ponía en las tumbas un presagio de inmortalidad.

Ruz resolvió levantar la gran losa labrada. Por medio de gatos de camión colocados debajo de las esquinas de la lápida, sobre troncos de árbol, se inició el levantamiento. La introducción de los troncos en la cripta, su debida colocación y la delicada maniobra de alzar la lápida duraron 24 horas consecutivas: de las seis de la mañana del 27 de noviembre de 1952 hasta la misma hora del día 28 (Fig. 27).

En cuanto la lápida empezó a ascender, Ruz pudo apreciar que había debajo una extraña cavidad. Ésta era de forma oblonga y curvilínea, con salientes circulares laterales en uno de sus extremos, recordando la figura de un pez (Fig. 28). Una losa muy pulida la sellaba, exactamente adaptada a su forma; dicha losa tenía cuatro perforaciones que cerraban tapones de piedra. “Desde que hubo suficiente espacio —cuenta— me deslicé debajo de la lápida, levanté uno de los tapones, proyectando por otro la luz de una linterna eléctrica. A pocos centí­metros brotó a mi vista una calavera humana cubierta de piezas de jade”... (Fig. 29).
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(1) Ruz Lhuillier, Alberto, “Palenque y su tumba real”, La civilización de los antiguos mayas, p. 86-87.
(2) op. cit., p. 87.
(3) Loc. cit.
(4) Ver glosario.

Aquí es Oaxaca... ¡¡Pásele!!